La regadera

La señora Martínez salió por la puerta de su casa en el día justo en el que no se percató de que dejó la estufa encendida. Siempre la verificaba antes de salir y tal omisión implicaba un augurio que, ni su vecino -el señor Domínguez-, pudo leer en sus cartas. La señora Martínez tenía prisa. El sonido del suspiro que dio cuando se le cayeron las llaves en la puerta de su casa no era indicativo de ello. Tampoco el modo en como tuvo que regresar ya cuando estaba cerca del portón hacia la calle. Ese acto, el de tener que volver a abrir la puerta, lo hizo porque había olvidado su paraguas —el que dejaba justo en la entrada de su casa—. Más allá de eso: fue el acto que la hizo llegar tarde. No por tener que volver a abrir la puerta en sí, sino, porque su otro vecino, el señor Tomás, la interrumpió:
—Buenos días.
—¡Ay!
Dio un salto. El ver al señor Tomás cubriendo su ropa interior con una simple bata de dormir fue suficiente para hacerla dejar caer sus llaves. Era un hombre extraño. Ya de pelos grises y con alguna musculatura residual de su juventud. Se parecía a un personaje de película. Ella no sabía el nombre de la película, pero sí sabía el personaje. Lo había visto mucho. O tal vez demasiado poco. Al señor Tomás lo veía con más frecuencia. Tanta como para pensarlo ser el actor de la película. Como si el señor Tomás viviera una doble vida.
—Discúlpeme, no quise asustarla.
Fue el momento en donde la señora Martínez -cuyo primer nombre era Julia- notó que el señor Tomás llevaba en sus manos una regadera. Ya conocía que al señor Tomás le gustaba la jardinería. Ella podía ver desde la ventana de su cuarto el patio al otro lado, lleno de rosas y otras flores que no podía nombrar. No era el único lugar colorido. Toda la fachada del señor Tomás tenía flores también. No le pareció extraño, tampoco, que las uñas de su vecino estuvieran llenas de tierra. Lo único que le incomodaba era su ropa interior y su pecho tan expuesto. Le causaba un poco de calor.
—No se preocupe, no es por usted. —Le mintió.— Es que debo estar en el cuartel a las ocho y ya son las menos diez. A este paso no llego.
El señor Tomás —cuyo primer nombre era Eduardo— comenzó a regar alguna de sus plantas mientras asentía con la cabeza. No dijo nada. No preguntó nada. Aún así, la señora Martínez se vio en la necesidad de explicar. (Más bien, justificar).
—Mire, yo no soy de esas que siempre traen a hombres a su casa. Ayer fue una excepción. A esta edad uno pensaría que más nadie le guiña el ojo a uno. Anoche se dio, y muy para mi sorpresa, más de lo que pensé.
El señor Tomás continuó asintiendo con la cabeza en silencio. Ella suspiró y volvió a darse a entender:
—Resulta que se fue luego de… usted sabe, luego de hacer lo que teníamos que hacer. Más bien, lo que queríamos hacer… porque no teníamos que hacerlo, pero lo hicimos. ¿Me entiende? ¡Y no me arrepiento!
El agua de la regadera parecía eterna. Ella continuó:
—Entonces, esta mañana… más bien, hace como dos horas, porque mañana sigue siendo, aunque, nada… ¡Me llamaron del cuartel! ¿Usted sabe para qué, señor Tomás?
—No. ¿Para qué?
—Para decirme que alguien llamó para notificar que el tal Leopoldo Gutiérrez había muerto, y que su último paradero fue nada más y nada menos que esta casa.
Señalaba para la puerta de su hogar con mucha fuerza. El sudor ya comenzaba a bajarle por sus mejillas. Varios hilos de su pelo se zafaban de su moño al mismo tiempo que, en sus ojos, se contemplaba la idea de un llanto.
—¿Leopoldo Gutiérrez era el hombre que estuvo ayer en su hogar?
La pregunta le pareció redundante a la señora Martínez. ¿Cómo él no podía captar eso? ¡Era obvio que el hombre con quien tuvo sexo aquella noche era Leopoldo Gutiérrez! Se lo había dicho hace no más de diez segundos atrás. Tomó un respiro. Recordó un mensaje de su terapista. Hizo el ejercicio mental y buscó en su cartera las pastillas de siempre.
—¿Podría, por favor, buscarme agua?
Fue una petición sincera.
El señor Tomás no tardó tanto en regresar con un vaso con agua. Para su paz, regresó también con una camisa puesta —un cambio sutil que estimó necesario al notar el estado tan crítico de su vecina—. El vaso con agua estaba un poco manchado en su exterior. ¿Será agua de la regadera?, pensó. Aun así, la señora Martínez se tomó toda el agua con sus pastillas, preguntándose también si cada espacio de la casa del señor Tomás tendría sus huellas dactilares impregnadas con lodo o tierra.
—Gracias. Debo irme. Ya estoy tarde.
—No hay de qué, espero que todo se resuelva.
—Yo también. No sé qué me haría si todo el mundo comienza a pensar que…
Pero no dijo más.
Mientras el señor Domínguez cerraba las cortinas de las ventanas y se sentaba a voltear otra carta, ella comenzó a marcharse. Ignoró que lo había notado. Pensó en su estufa, pero si continuaba ese pensamiento jamás llegaría al cuartel y ahí sí que nacerían sospechas en su contra. No tenía tiempo para eso. Solo se dio la oportunidad de mirar hacia atrás una sola vez. Lo que vio la tranquilizó: el señor Tomás ya terminaba de regar sus plantas y se adentraba al umbral de su casa. Desde aquella distancia la despidió de nuevo con una sonrisa y un breve movimiento de sus manos; como un saludo.
Lo que ella no pudo notar es lo que el agua que había salido de la regadera del señor Tomás hacía. Se movía entre la tierra transmutándola en lodo. El trazo serpentino terminó justo debajo de un arbusto de rosas, por donde un pequeño gusano -con menor ansiedad que la señora Martínez- trataba de ocultarse. Allí también se ocultaba otra cosa, pero ella no pudo notarlo, porque el lodo lo cubría. Aquel ojo de Leopoldo Gutiérrez parpadeó por última vez, aunque ya no vivía.

Irving Saúl
irvingsaul.com
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Publicado por Letras & Poesía

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