Una frecuencia llamada miedo

«I’m talking fear, fear that love ain’t livin’ here no more
I’m talking fear, fear that is wickedness or weakness
Fear, whatever it is, both is distinctive»
Kendrick Lamar

Cargó ese fusil viejo con la naturalidad de quien ha hecho de ese automatismo una parte de sí mismo. Era una de las tantas armas que estaban expuestas en el Museo de la Revolución salvadoreña en Perquín, y sus testimonios fosilizados narraban la historia de un país partido en dos por la guerra civil.

Sebastián cruzó los brazos y se dejó inclinar la cabeza hacia atrás en un gesto observador.

—Vos habrías sido una excelente guerrillera—dijo como si, con un catalejo y a una distancia prudente, ya me hubiese estudiado con minucia. Su mirada azul fue lo que primero me sobrecogió cuando lo vi por primera vez. ¿Cómo habían llegado esos ojos de color Caribe a esa tierra remota de vestigios indígenas? Eran una anomalía. Un gen recesivo y rebelde como él y no hubo bala, mortero o bomba, que en doce años de guerra pudiese dejar esos ojos inertes en un charco de sangre y barro.

—¿Por qué nací en este país? ¿Por qué a mi generación le tocó vivir esta guerra? ¿Por qué no a tres generaciones después, o antes? ¿Y por qué no me mataron? Estas son las preguntas que yo me hago—me decía Sebastián con la mirada elevada. Sus reflexiones abrieron un hueco en mi plexo solar. Lo recordaba todo en carne viva mientras la camioneta rugía y el viento me iba trayendo las últimas visiones del oriente salvadoreño.

Repasaba con gratitud las largas conversaciones que había tenido en las montañas de Morazán y marchaba de ahí con la melancolía de quien sabe que volverá. En el trayecto a San Salvador pasamos pueblos, ríos y montañas, mientras los volcanes de Chaparrastique y Chinchontepec lucían sus conos regios sin que las nubes los interrumpieran.

—¡Qué va, Sebastián!— le contesté pensando en lo que se le hizo a las mujeres en esa guerra —Yo no valgo para guerrillera, soy muy miedosa—.

En una esquina, la camioneta frenó para pasar sobre un reductor de velocidad. Mis pensamientos se toparon con un grupo de muchachos con tatuajes en la cara, en el cuello y en los brazos. Se veían muy drogados. Uno de ellos se me quedó mirando. La piel se me erizó pero me sentía segura desde donde estaba. Todo duró apenas tres segundos y rápidamente volví a divisar los volcanes.

Volví a Sebastián.

—¡Precisamente de eso se trata! ¿Y vos qué creés, que nosotros no teníamos miedo? ¡Claro que lo teníamos, pero el miedo se transforma en coraje, con eso es con lo que se hace la guerra.—

Hacía un rato que la camioneta había comenzado a fallar. Parecía que le estaba dando un ataque de estornudos, hasta que empezó a perder potencia y finalmente se detuvo del todo. Mis repasos mentales también frenaron en seco. Nos habíamos quedado varados en medio de campos de maíz, cerca de San Ildefonso, en un día soleado y caluroso. El chófer hizo todo lo posible pero no hubo solución.

Empecé a ponerme nerviosa, pero me contuve de contagiarle mi mala vibra al resto. Tenía razón de estarlo: un país entero sectorizado por pandillas, homicidios diarios, desapariciones y especial saña contra nosotras. Mis amigos salvadoreños habían tenido todos los cuidados conmigo para que no utilizara autobús público, Uber o taxis, y ahí nos encontrábamos en la máxima expresión de vulnerabilidad.

Morazán era tranquilo y me había impregnado de una gran paz que utilicé para oxigenar los pulmones sentada en la entrada de una finca. Pero ya no estábamos en Morazán. Rápidamente tuve que levantarme para abrirle el portón a un campesino que venía montado a caballo y de ahí, no conseguí parar quieta. Si un carro se para y se bajan aquí mismo unos mareros armados, ¿qué voy a hacer? ¿Voy a correr? ¿Voy a oponer resistencia? Si me llevan estoy muerta y que me maten sería lo mejor que podría pasarme en ese caso. Pero, ¿y Laura? ¿Qué pasa si el miedo me paraliza y salgo corriendo sin ella? ¿Qué se hace en estos casos, un ‘sálvese quien pueda’, o nos mantenemos unidos los tres hasta el final, pase lo que pase? Jamás podría perdonarme si me fuera sin ella. Y si ella se fuera sin mí y me pasara algo, yo tampoco podría perdonarla. Aunque los muertos no pueden perdonar, no sería su culpa el haberme dejado; habría actuado por temor.

Un carro de vidrios polarizados se detuvo delante de nosotros. Aquella sensación densa se esparció desde mi estómago hacia todo mi cuerpo como si estuviesen vertiendo un tarro de pintura negra en mi interior. Un hombre se apeó. Sentí mis poros hincharse. Nos ofreció su ayuda amablemente. Falsa alarma. No sirvió para nada, nuestro carro seguía igual.

—Laura, confieso que estoy un poco nerviosa.

—Soltalo—sonrió. La situación está fuera de nuestro control. ¡Qué sea lo que Dios quiera!

—¡Todo menos eso!—le dije con angustia. No quería ser un objeto más de las múltiples crueldades de ningún dios.

Cada carro que se detenía, me daba un microinfarto. En total unas cinco veces. Todos querían ayudarnos. Pero mi propio miedo me había tomado como rehén y la noche estaba a punto de abalanzarse sin piedad sobre nosotros, lo cual preocupaba a todos. Laura me decía que nos fuéramos ella y yo en bus, pero llevaba conmigo una maleta, la computadora, el pasaporte, quinientos dólares, y mucho material de trabajo; testimonios vivos de un valor incalculable.

—Ya. Había olvidado ese detalle—lamentó cuando vio el equipaje.

Empecé a planear una ruta de escape. No había ninguna. Caminar por la carretera no era una opción porque El Salvador no es un país para aventurarse. ¿Quizás huir hacia la finca en caso de emergencia? No quiero que nos cacen como perros. Metí las tarjetas y la cédula bajo la plantilla del zapato izquierdo, y la plata bajo la del zapato derecho (trucos de cuando callejeaba por San José de noche). Metí el pasaporte y el teléfono en un bolsillo y la compu… bueno, por suerte había hecho copia de todo.

Ahora sí, ni modo. Que pase lo que tenga que pasar y Sebastián mirá cómo estoy, mirá qué clase de guerrillera al borde de una crisis nerviosa. ¡Y encima sin una AK-47! Y además, ¿Qué sería capaz de hacer si lograse transformar mi miedo en coraje? ¿Huir, correr, o incluso matar? Ahora sólo quiero ser ecuánime.

—Sebastián, ¿cuándo fue que vos aceptaste el hecho de que te podías morir en esa guerra?

—Cuando el ejército masacró a mi mamá y a mi familia. El día que eso pasó, dentro de mí todo cambió y fui consciente de que probablemente me iban a matar a mí también.

Entrado el ocaso llegó por fin la grúa. Tras cargar en ella la camioneta, Laura y yo nos subimos. Suspiré. Un festival de celajes envolvió a los volcanes mientras regresábamos a la ciudad. Le dije muy seria al conductor:

—Vea señor, yo soy atea, ¿ok?, pero que Dios me lo bendiga —me carcajeé por dentro. Por fin no más miedo invasor, sólo una parábola constante de cinismo hacia el futuro que nos depara por los efectos de este virus desgraciado. Pero ante eso sí que tengo coraje. ¿Qué otra cosa si no? Esperanza, poca. La humanidad está en manos de políticos y no puedo pensar en nada que sea peor que eso.

Será cuestión de suerte.

Sol Acuña
@laultramarina
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Publicado por Letras & Poesía

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