El río que nos lleva hacia el olvido,
la memoria del árbol que sostuvo
ese canto del pájaro que tuvo
en su vientre, marchito, lo vivido.
La ceniza del árbol sometido
en el jardín desierto, que contuvo
la estructura del mundo y entretuvo
a la muerte y su séquito podrido.
La espuma de los días va ciñendo,
poco a poco, los sueños, al tremendo
ejército del miedo y su castigo.
La tibia noche oculta la tristeza,
esa densa humareda, la belleza
de todo lo que muere ya conmigo.



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