Yo que sólo tuve la sonrisa de los ángeles idiotas,
del fétido aliento de los juguetes prestados,
del articulado sonido de las vanas promesas,
tengo nostalgia de la dicha que no fue,
de los jinetes galopando hacia el ocaso,
de propósitos que quedaron varados
en la niebla de los años,
y son una herida antigua, un testimonio,
enajenado, del niño que se ocultó a sí mismo,
que aceptó la anticipada derrota de su historia
y acató la fe de los mayores,
sabiendo, en su corazón de niño,
que todo era mentira
y que, en algún lugar ajeno a este mundo,
existe un reino prohibido
donde los juguetes montan sus caballos alados



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