Un hondo y blanco vacío, una esquirla de silencio
en una gota de agua, en una mirada cómplice.
Otro amanecer de luz sucia,
de palabras musitadas, de polvo de caminos
que serpentean las abruptas colinas,
huyendo del miedo, de la sangre,
de la negra lluvia, del hondo fracaso.
En la terca oscuridad de sus pupilas,
los muertos reclaman una queja,
un tibio sonido, acaso un lamento
que acalle esta obscena música de la derrota,
y los salve de los estertores,
de los gritos de los heridos,
de las vísceras violáceas de caballos desventrados…
Y se adentran, solemnes, mudos, en otras calles,
aceptando la impiedad,
el amargo desdén de los vencidos.



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