En el barullo de mis contradicciones enmarañadas, busco a una niña, desnuda de caricias, ahogada en el vacío asfixiante de su inseguridad. Un grito mudo revienta los cimientos al paso de sus pies pequeños y asustados. Necesita risas, juegos, necesita las rodillas de su padre, pero solo ve a lo lejos una espalda sobrecargada de responsabilidades, tan aparentemente ajenas a ella, tan extrañas… Él le regala, satisfecho y generoso, el fruto metálico de sus irreversibles ausencias. “Gracias”, se ve obligada a murmurar. Su sensibilidad de pajarillo abandonado no será nunca capaz de reponerse.

Ana InVerso
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