Me imaginas cercana como susurro.
Crees que podrías poner los labios
sobre esta escueta boca mía
y atravesar mi tristeza hasta tocarme.
No tienes idea
de la mitad de mí.
Ves el eco de una risa
que elide como vejez en el frío remoto
desde el que surgen mis flores; ¡ves las flores!
pero soy el hueso
y el crujir del hueso
y hay muros que solo puedo acariciar con las manos de mi sombra
que se alarga.
No tienes idea de la mitad de mí.
Imaginas que puedes
tropezar con mis grietas y salvarte,
recorrer con el aliento mi letargo,
borrarme a mí de encima mío,
y quedarte.
A lo lejos te siento arar mi piel fervientemente
en una cercanía cicatrizada;
tu mirada toda nuestra de este instante
es ya un recuerdo triste para mí.
Yo siempre ya me he ido, aunque me tengas.
Y voy echándote de menos como si ya fuera muy tarde,
perteneciéndole a un lugar que no se toca.
Tengo frío para saber que tengo cuerpo;
una escarcha asentada, un polvo
de crisantemo sobre mi frente
es el único indicio que tengo de ser algo.
Mi huella en tu avidez es una gota
que tal vez lloré,
o tal vez bebí,
o tal vez soñé.
Sé qué flores están dormidas.
Una niebla melífera me separa del mundo.
El crepitar de los terremotos
es el único idioma que entiendo.
Pero sé por qué callas a veces.
Entonces
existes
de golpe.
Entonces me sabes del todo.
(Dime cómo errar el tiro).

Emma Calderón
@emmaland_m
Leer sus escritos


Replica a Anónimo Cancelar la respuesta