La pequeña niña,
miserable y maldita,
observa a las colonias de hormigas
construir sus imperios en el suelo muerto,
entre el salitre y la mugre de ultratumba.
“¿A dónde se fue mi madre?”,
La pesadilla infantil más terrorífica:
a dónde se fue mi madre,
si no es a mezclarse con los microorganismos,
artífices de este mundo natural.
¿A dónde se fue mi madre?
El mundo le dolió tanto
que se olvidó de mí.
Se siente apenas hierba,
yuyo insípido,
milagro indeseado de la creación.
Algo que vibra y metaboliza el oxígeno,
sin dejar su estado de cuenco vacío,
de eco de panteón,
de luz de domingo por la tarde.
La madre decidió la huida,
eligió el exorcismo fundamental
que es la muerte.
La madre vio más allá
de los ojos de la niña.
“Pero si tu deseo es la muerte,
¿quién más va a amarme?
Si ante tu vista se alza
la sagrada posibilidad
de correr tierra adentro,
de conocer dónde terminan los océanos,
¿quién puede culparte?
Me volveré un fantasma
enamorado de tu efluvio,
una tela de arañas que besa tu recuerdo.
Y me moriré de hambre
en ayuno de tu amor.
Me sabré desamada
y desarmada.
Inconsistente,
líquida,
desvanecida.
Viento y suspiro,
partículas sutiles de polvo,
humedad de lágrimas,
amuleto de porcelana
devenido en desilusión.
Niña, miserable y malditamente humana,
Perséfone abandonada por su madre
y aun así, Reina de este inframundo.
Y aun así, ramillete fértil de recuerdos,
sediento de lluvias nuevas.

Dorita Páez Giménez
@mariadoritapg
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