Como el hombre que restaura las viejas fotografías,
con parsimonia, fijando en cada sonrisa
la sintaxis del gesto,
la leve curvatura del labio,
la arrogancia del que sabe que un segundo
puede ser toda la arquitectura de una vida.
Y decide qué mirada tiene el deber de salvar,
qué reflejo de luz tiene que mostrar
la pupila de ese desconocido,
de ese guardián de un instante, de cualquier instante.
Así he vivido,
sintiendo que cada pequeño detalle,
cada brizna de hierba,
el canto adormecido de los astros,
han sido fiel testimonio de los años.
Ese mundo hecho de rostros,
de voces que aún resuenan, con su tibieza,
con sus espinas, en las noches que se fueron,
que ya no tienen realidad.
Como el arqueólogo, dentro de un milenio,
que se pregunta de qué mundo,
arrebatado e ignoto,
son esas imágenes de tanta belleza.
La melancolía de la muerte.



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