Esta tristeza es suya. Al menos, esto nadie puede arrebatárselo. Ni su familia, ni sus amigas, ni sus amantes. Ni tan siquiera él, que ronca a su lado, despreocupado, mientras duerme a pierna suelta, casi destapado, porque tiene tanto fuego dentro que apenas siente el frío de noviembre en Madrid. No es que sea avariciosa. Quisiera compartir su tristeza con él, pero es consciente de que ahora no puede recogerla. Su mente está atravesando otros océanos, otros horizontes, y apenas navega con una barquita de madera cansada y pintura descascarillada. Una barquita que parece más una cáscara de nuez. Una barquita que en cualquier momento podría naufragar.
Entonces, se dice, para consolarse, al menos esta tristeza es mía. Porque el resto le pertenece a él como quien se atribuye el derecho feroz y antiguo de poseerlo todo.

Laura Carrillo Palacios
@laia_bonheur
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