Pocas cosas han de cercenarse
de manera acotada, y no tan brusca,
pero sí con certeza,
como ese pequeño margen de duda,
ese temeroso umbral oscilante,
entre lo que nos depara cuando indagamos
sobre aquello que no repara significación alguna,
y de los avatares incongruentes
de la desmedida satisfacción libidinal primitiva,
ese deseo, deseo de saber,
de averiguar qué se esconde,
cuando el mundo no sabe cómo representarnos
lo que acontece en nuestro porvenir.
Han de dilatarse las búsquedas
cuando el escenario predilecto
incluye más sombras que luces,
o eso es lo que dictaría el sentido común
de alguien que no esté listo
para dejarse domeñar
por el inalcanzable anhelo fortuito,
por la inquebrantable sumisión mortal,
la cual no podemos ni poner en palabras.
Entonces, cabe preguntarse,
¿quién dictamina que estos límites
deban de, siquiera, existir?
¿El azar?
¿O la propia arbitrariedad irreverente
que obstaculiza ambiguamente
cosmovisiones que dan pie
a una cierta materialización de la esperanza?
¿Qué nombre podemos darle
a nuestra expectativa generalizada,
radicada en lo particularmente propio,
nublando juicios emergentes,
característicos de la racionalidad,
de que todo lo que nos incumbe
posee un fin certero?
Añeja ilusión primordial,
sesgo continuo imposibilitado
en la misma realización de su cuestionamiento.
Entonces,
no nos quedan muchas armas para defendernos
del infortunio martirizante que aquí nos avasalla,
el de averiguar por qué los finales ya están escritos
al momento en el que apenas se toma la pluma.
Más que torturarnos a nosotros mismos,
deberíamos regocijarnos en el hecho
de que tenemos la ínfima posibilidad
de hacer oídos sordos a tanto palabrerío escabroso,
de sellar los párpados con firme determinación,
y prestar paciencia al incongruente,
y siempre doloroso,
paso indetenible del tiempo,
tomando conciencia de que el devenir
implica más que un destino predilecto
y un final solitario
cerrado en su misma creación,
la de prestar un epílogo carcelero
a la anticipación insensata que nos mantiene vivos.
Es ahí, en la génesis,
donde también hallamos el ocaso;
es allí, en la incertidumbre,
donde se clarifican las respuestas
que nunca nos llegamos a hacer;
es así, anticipando la caída,
que ya sabemos cómo dar fin
a todas las ambiciones furtivas
que azotan la rutina anímica de los pensamientos,
ese debate incesante
sobre qué nos depara
una vez se extingan
las representaciones simbólicas pertinentes
a las cuales atamos nuestra humanidad.
He aquí mi propuesta ante semejante dilema:
abrazar el fin,
solventando la radicalización existencial
en segmentos inacabables por su propia concepción,
transfigurando las inabarcables cuotas de placer
en terminaciones causales inconcluyentes,
subsumiéndose sin reparo alguno
a la más pura cualidad que se nos ha otorgado
por el simple hecho de estar vivos,
esa terquedad inherente,
esa resistencia atemorizante,
ese reacio ofuscamiento,
de poder darle tiempo al tiempo
y permitirnos, de alguna manera,
sentenciar una conclusión desbordada de nostalgia,
aun cuando ni siquiera hayamos nacido sabiendo
que dicha toma de decisión
romantizaría, de cierta forma,
las implicancias de un posible desenlace.




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