Creí que era el final del camino y de inmediato salí corriendo en busca de refugio. Hace rato que esperaba sentado sobre un equipaje imaginario que se desvanece cuando se acerca la noche, esa que se convierte en vigilante en medio de una oscuridad que me resulta impredecible como los frecuentes cortes de electricidad de los que se quejaba mi madre a través de los mensajes que enviaba por WhatsApp, y que podía leer para distraerme cuando aún tenía batería y cobertura telefónica.
En una de las paradas para el descanso en el medio de la nada, me detengo a ver las fotografías que pude llevar conmigo, aunque son solo recuerdos que pasan por mi mente como imágenes fugaces. Respiro un aire distinto mientras trago un poco de la saliva que se acumula en mi boca para hidratarme. Escucho decir al grupo que me lleva algunos pasos de ventaja, que ya los primeros, los que tenían unos dólares de más en el bolsillo, pudieron atravesar la frontera. No tengo la misma suerte, así que no me queda más remedio que continuar hasta encontrar un lugar para pasar la noche.
A lo lejos retumba el llanto de criaturas que, aún sin saber caminar, viajan en esta travesía kilométrica. Ese sonido y el recuerdo de mi mamá a oscuras, me impide mirar hacia atrás.

Kervin Briceño Álvarez
@prisonerofideas
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