Si salgo vivo de esta, Chiara no me perdonará, estoy seguro. Tal vez lo haría si solo me acostase con Lara. Las amigas de mi mujer le han contado de primera mano lo débiles que somos los hombres ante las tentaciones de la carne. Por suerte o por desgracia, estoy perdidamente enamorado de mi esposa y de nuestra hija. Aunque pensándolo mejor, si es así, ¿qué hago aquí? Es la primera vez en mi vida que le rompo una promesa a Chiara y siento que, si salgo vivo de esta, este nudo en el estómago no se desatará nunca.
—¿Te arrepientes, golden boy? —-me dice Lara; siento su mirada en la oscuridad. La habilidad de esta mujer para leer a las personas es impresionante; no me extraña que haya tantos alistados por ella, yo incluído.
—No, sigamos.
Caminamos agazapados por los callejones sombríos, esquivando las farolas y el reflejo de las luces encendidas en algunas casas. Hay pocas almas en estas calles aparte de nosotros, pero sabemos que cualquiera de esos otros nos puede arruinar el plan. Sé que la mayoría de ellos no esperaban verme esta noche y contaban con estar entre rejas por mi culpa. Me llaman “golden boy” con el desdén del proletario al amo: mi familia y yo vivimos en una buena casa, comemos bien, vestimos ropa en condiciones, sin necesidad de parches. No soy el dueño de ninguna fábrica, pero mi trabajo duro, sorprendentemente, ha dado sus frutos. El lugar en que estoy parece ofuscar mi pasado para ellos. Yo también soy un hombre que odia las injusticias, yo también he sabido lo que es tener el estómago vacío. Ellos no entienden que esta es mi causa también. Lara sí lo entiende, ella cree en mí, lo sé. Ella me atrajo hasta esta noche: “si es tu lucha, estarás más allá de los panfletos y los mítines. Si quieres que te dejen de ver con odio, demuéstranos que estás con nosotros y no en nuestra contra, golden boy”. Lara tampoco es como ellos. Estudió literatura, conoce la obra de Marx y la sabiduría de los grandes filósofos; las letras no alimentan y tuvo que meterse a trabajar en la fábrica (“me llenaré las manos de aceite y suciedad antes que de tiza y mocos”, decía ella), donde conoció a Hanz, el líder del movimiento. Ella, igual que yo, sintió su cuerpo llenarse de rabia y brío al escuchar el alcance de las injusticias que sufría. “Ví en tus ojos el mismo brillo que debían tener los míos cuando escuché a Hanz por primera vez”. Ella tiene en mí la fe que yo tengo en el cambio.
¿Un romántico? ¿Un idealista? ¿Un bobo? Sí, tal vez soy todo eso y más; tal vez tantos libros y charlas me han vuelto un Quijote comunista, pero tengo una familia y una mente soñadora. Quiero protegerlos y sé que pueden tener una vida mejor de la que tenemos ahora si esto funciona.
Estábamos ya en la fábrica madre, donde están las oficinas del jefe; la mayor fábrica del pueblo. Nos dispersamos por las distintas esquinas del edificio, lo suficiente como para poder vernos y distinguir la señal. Lara tocó suavemente mi hombro antes de alejarse. Mientras se alejaba de la pared, nosotros sacábamos los explosivos y ubicábamos las cargas en los pilares. Sentí gordas gotas de sudor resbalar por mi frente. El nudo de mi estómago se apretaba cada vez más. Recordé el beso que le había dado a Chiara y a nuestra bebé antes de salir; aún puedo oler el pelo recién lavado de la bebé y el sutil perfume a cebolla y carne cruda en las manos de mi esposa. Debí haberle hecho el amor, debí haber jugado un poco con la pequeña Micaela. Si salgo vivo de esta, no espero que me perdone, ni espero que entienda por qué elegí a la causa antes que a ellas, pero espero poder tocar con mis dedos su dulce mejilla y decirle que lo siento.
Conseguí salir de mis pensamientos justo en el momento en que Lara estornudó. Todos activamos la carga y corrimos alejándonos. Se suponía que estallarían al mismo tiempo, que todos alcanzaríamos a ponernos a cubierto, pero escucho un estruendo a mi espalda y una cortina de viento y llamas que me derrumba. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Sé que cuando abrí los ojos, el dolor hizo acto de presencia. Recorrí mis miembros: un hueso sobresalía de mi pierna, tenía trozos de pared aplastando mi pecho, aunque aún tenía la suerte de poder respirar. En mi visión nublosa, pude ver al resto de la pandilla como formas espectrales arremolinadas a mi alrededor, Escuché algunas palabras: “¡Bomba!”, “Ha estallado la fábrica”, “No se podrá levantar, llamen a la policía”. Lara se acercó a mi cara y susurró un suave “lo siento” en mi oído antes de alejarse corriendo hacia la calle, llamando la atención de un carro de policía. Supe que sería última vez que la vería.
No sabía si mis lágrimas eran fruto del dolor, del miedo o de rabia. Tuve claro cuando me levantaron los policías, cual muñeco de trapo, sin miramientos y sin preguntas, que este era mi fin. La ley no tendría miramientos conmigo, nadie me creería, muchos menos Chiara. Si consigo verla, ahora que salí vivo de esta, ella no disculpará mis tontos ataques a gigantes imposibles.

Sabrina Feliz
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