Arcos parecía aquel noviembre un barrio londinense,
repleto de talentosos jóvenes
que imitaban a The Beatles y a Whitman
mientras bebían cerveza tibia de madrugada.
De cada encuentro, un concierto,
una revista, un juego,
un momento único que festejar.
Por las callejas del pueblo deambulábamos
formando corros en los barranquillos,
celebrando de antemano la libertad de volar a la ciudad,
acudir a festivales,
compartir piso y desayunarnos la vida.
Escribir, leer, oír, hablar…
Fueron verbos tan comunes
que no fuimos conscientes de nuestra excepción,
jóvenes con piel de alambre
a los que la vida se merendó como a los demás.
Pronto descubrimos la prosa de facturas y horarios,
nuestros acordes no se oyeron en las radios,
ni nuestros versos tapizan la biblioteca nacional…
Pero fuimos bellos
y nuestra belleza nos hace aún reconocernos
en las visitas a los amigos que volvieron a casa.

Juan Carlos Ruiz Redondo
@jcruizredondo
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