Marlene encontró una vieja cámara analógica en un mercadillo de su barrio, en Newcastle. Era una fanática de los objetos retro y de todo lo relacionado con lo vintage, y, cuando descubrió aquel aparato sobre una manta sucia, junto a otros cachivaches y artilugios, no se lo pensó dos veces: se lo llevaría a casa.
Antes de empezar a usarla, necesitaba una pequeña limpieza y puesta a punto. Le colocó un carrete apropiado que encontró por casa —tenía en su colección modelos de cámaras parecidas a aquella— y pasó un paño suave por el objetivo para evitar que las fotografías salieran borrosas o con halos de luz.
Con una ilusión desbordante, Marlene salió de su apartamento a la mañana siguiente con su nueva cámara para hacer unas fotos de prueba. Lo hizo con la emoción infantil de quien estrena un juguete y con la esperanza de que aquella reliquia aún conservase algo de magia. Una vez terminada la sesión, se dirigió a la única tienda de revelado fotográfico tradicional que quedaba en la ciudad, impaciente por descubrir el material que había capturado aquella mañana.
Dos semanas después, Marlene descubrió un hecho inquietante. La cámara había captado escenas impropias de su tiempo: donde debía aparecer un automóvil moderno, se veía un carromato tirado por caballos, propio del siglo XIX; donde debía alzarse un edificio de cuatro plantas, aparecía un castillo medieval; y donde tendrían que verse personas caminando por la calle, surgían reptiles y otros animales semejantes a los que aparecían en los libros sobre dinosaurios.
Comprendió entonces que la cámara no fotografiaba el presente, sino distintos momentos del pasado. Aterrada, fue pasando las fotografías hasta llegar a la última. En ella aparecía su propio retrato, vestida como una mujer del siglo I. Y, detrás de ella, donde debería verse un semáforo cualquiera de una calle inglesa, se alzaba la figura de un hombre crucificado, con una corona de espinas sobre la cabeza.

Carlos Grossocordón
carlosgrossocordon.com
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