Hay una medida
que no aparece en los manuales,
una relación exacta
entre lo que un cuerpo desea
y lo que puede sostener.
No es fuerza,
no es tiempo,
es otra cosa
más pequeña
y más persistente.
Como la desviación mínima
de una partícula
cuando atraviesa el vacío,
como el margen
en el que una voz se rompe
sin dejar de decir.
Todo parece estable
hasta que se observa de cerca:
la piel mantiene su forma,
la casa permanece,
los objetos no caen,
pero hay un desplazamiento continuo
que nadie registra.
Las manos, por ejemplo,
no tocan del todo.
Se aproximan,
se reconocen,
detienen el gesto
antes de llegar.
También la luz tarda,
llega siempre después
de lo que nombra.
Por eso algunas cosas
ya han terminado
cuando las vemos.
Existe una distancia fija
entre lo que ocurre
y lo que comprendemos.
Una separación limpia,
sin ruido,
sin error aparente.
Algo en esa distancia
sostiene el universo.
Algo en esa distancia
lo retorna inhabitable.

Raquel Gavilán Párraga
@raquelgavilanoficial
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