No ardió la casa: fue cediendo el muro
con esa lentitud de fruta herida.
La sal subió por dentro de las vigas,
los vasos aprendieron a estar solos.
Había un animal bajo la mesa
un ciervo de ceniza respirando;
cada plato guardaba una intemperie,
cada cuchillo, un brillo de tormenta.
No dije amor: sembré luz en la escarcha.
No dije adiós: cerré pozos con nieve.
Tu nombre fue una lámpara enterrada
dando calor al hambre de los lobos.
Después vino la noche con sus cuencos,
su leche negra, su metal de ruina;
y el deseo, ese pan recién maldito,
se partió sin sonido entre mis manos.
Ahora la casa escucha desde lejos.
Los muebles crujen cómo barcos secos.
En la pared, la sombra de una puerta
sigue abriéndose sola hacia el invierno.

María Peralta
mariaperalta.net
Leer sus escritos

Deja un comentario