—Mami, no sabes lo que pasó…
—¿Qué pasó, mijo?
—¡Imagínate que Candelaria se voló del colegio!
—¡¡¡Aaaahhh, nooo!!!… Candelaria es un caballo, ¿cierto?
—Es una caballa.
—Ah, bueno, sí, una yegua. ¿Y cómo se voló?
—Unos niños la vieron salir, pero no dijeron nada, para que fuera libre. Yo también la vi… pero me quedé calladito, calladito.
—¿Y para dónde crees que se fue?
—Yo creo que se fue por la calle, hasta que encontró un televisor… y se metió por ahí.
—¿Como en la película que vimos de Charlie y la fábrica de chocolate?
—¡Síí!
—Entonces habrá quedado como un caballito chiquitico, ¿te acuerdas? Como el niño que se metió al televisor y salió todo pequeñito.
—¡Sí! Y entonces yo encuentro a Candelaria ahí, toda chiquitica en el televisor. Meto la mano… y la saco.
—¡Uy, tendrías un caballito de mascota!
—Sí… Pero yo quiero que Candelaria sea libre.
—Qué lindo, mi amor.
—Mami…
—Dime, corazón mío.
—¿Cómo hago para que un caballito chiquitico sea libre?
—Ay… no sé, mijo.
—Mami…
—¿Mmm?
—Tengo que decirte un secreto.
En ese momento, Agus mira al piso, detrás de mí. Sin girarme, escucho unos golpecitos suaves sobre la baldosa. Suenan como el galopar de un caballito chiquitico.

Paula Obeso
tallerdehistorias
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