Escuadrón suicida

Pelotones armados de niños enmascarados que desfilan dispersos por las calles desnudas del desierto, donde las ciudades se confunden con las ilusiones de oasis con agua limpia y fresca, lugares donde descansar y dormir con sueños claros sin nubes en el horizonte, sin gritos que conviertan las mañanas en pesadillas, sin fronteras que cruzar en balsas hacia el infierno, solamente aspiraciones inocentes de grandeza y libertad para pequeños kamikazes dispuestos a matar por estas razones con el puño en alto y una profunda tristeza.

Marchas deambulantes de humanos fieros sin posibilidades de salida a su mundo de hipocresía y ruptura social, donde la gloria y la euforia se confunden y entremezclan con la escoria y la basura de brazos y piernas que, con los fusiles cargados en el hombro, siembran los campos de ríos de pétalos de amapola. Una tierra sin problemas ni guerras, donde crezcan como las copas de los árboles en verano, hospitales y escuelas, cuyas sombras sean los paraguas contra la metralla y las bombas.

Animales erguidos sobre sus patas o terribles monstruos de grata apariencia, cuyos ojos asesinan a todas las plagas y levantan tempestades y tormentas por estos senderos de locura incierta donde no se ve el futuro ni las aguas tranquilas, sin chaleco salvavidas ni servicio de ambulancias, solamente abandonados en las profundidades de un mar de garras blancas.

Nieve cayendo y sin orillas a la vista, la arena entre los dedos y la brisa marítima, pequeños policías desfilando todos juntos en una línea por la playa, armados y peligrosos pero sin las ideas claras, aún con una munición compuesta por sueños y muñecos de juguete, simbólicamente heridos en sus corazones de hojalata donde los sentimientos pierden su sentido de existencia y ya no queda más que la razón entre las telarañas arrugadas, junto a todas las vagas esperanzas y los latidos intrusos del pecho izquierdo de una madre joven y sana, esperando aún en casa con la cena en la mesa a la llegada de unos hijos que un día se fueron y nunca volvieron.

Madera, mucha madera y trabajo para los enterradores, regresan los escuadrones suicidas en sus ataúdes de leña para arder en una pila funeraria sólo para vencedores, como antiguos juegos fúnebres para héroes que no verán jamás de nuevo la luz del sol ni conocerán el amor de otra persona. Todavía siendo embalsamados junto a sus juguetes y peluches, lloran en silencio los amaneceres que no vieron y los besos que no dieron, mientras las balas que tanto dispararon y mataron carcomen su tuétano y sus recuerdos.

Niños inocentes con armas de fuego entre las manos que caminan entusiasmados por aldeas, pueblos, ciudades y Estados… Pobres ilusos mentirosos, pobres escuadrones hacia la muerte.

Por: Almudena Anés (España)

historiasdel98porunadel13.wordpress.com

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