Soñé que volaba

Ayer soñé que volaba. Que el viento me llevaba entre sus brazos por el horizonte infinito más allá de las nubes. Mantenía mis manos a los lados para sentir en mis palmas el calor del sol, me movía como los pájaros y daba vueltas sin parar.

A mi lado de repente apareció un chico de ojos negros y pelo castaño con mirada inocente y con dos alas negras en su espalda. Le pregunté si era un ángel pero no contestó hizo un par de piruetas y subió más alto como si quisiera alcanzar el sol.

Le seguí maravillado por sus acrobacias en el aire: volaba de cabeza, hacía vueltas maromas, piruetas de circo… Era un verdadero maestro.

Yo quise intentarlo, quise volar como él tan ágil, tan ligero y tan increíblemente asombroso, pero mis movimientos eran forzados, torpes, típicos de alguien que no ha nacido pájaro, que nunca ha sido más que un humano.

El ángel de alas negras se reía con mis intentos, se apretaba la panza de tanta risa, así que me enojé y lo empujé con toda la fuerza que pude, tanta que casi alcanza al sol.

El ángel bajó en picada y cuando me cruzó por el lado pude ver que una de sus alas se deterioraba. Las plumas se le caían a montones y ya no se podía enderezar, el Astro Rey lo había quemado.

Bajé tan rápido como pude para alcanzarlo y ayudarle y entonces vi un señor con alas negras volando sobre el mar.

El señor al ver al ángel en picada gritó e intentó volar hasta él para atraparle, pero la velocidad no fue suficiente y su hijo cayó al mar. Seguí al viejo hasta una isla donde lo escuché llorar desconsoladamente por la pérdida de su pequeño, no sabía cómo disculparme, no sabía qué decir cuando noté que se quitó las alas.

Ahí pude darme cuenta de que esas alas funcionaban con un “esqueleto” de madera, que las mantenía unidas con cera.

Comprendí que quien yo creí un ángel era humano como yo, que sus alas eran de mentira, que el sol había derretido la cera que las mantenía unidas y por eso el chico cayó.

Sentí pena por el padre así que bajé a la isla y le conté lo sucedido. El padre se enojó y me empujó hacia el mar con el rostro rojo de la rabia. Me empujó de nuevo y me golpeó gritando “¡Devuélveme a mi hijo! ¡Mi único hijo!”

En ese momento desperté. Aún confundido me senté en mi cama, estaba sudando, todo fue muy real. Entonces recordé que antes de caer rendido estaba leyendo un libro.

Estaba abierto en un costado de la cama, lo tomé y leí el último párrafo:  “ El ardiente sol ablandó la cera que mantenía unidas las alas y éstas se despegaron. Ícaro agitó sus brazos, pero no quedaban suficientes plumas para sostenerlo en el aire y cayó al mar. Su padre lloró amargamente  y, en su memoria, llamó Icaria a la tierra cercana al lugar del mar en el que Ícaro había caído”.

Por: Tintazul21 (República Dominicana)

palabrasdetodoynada.wordpress.com


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