Impresiones de una noche oscura

Eran las once de la noche y mi calle parecía la boca de un lobo. La luna y las estrellas se habían ocultado tras las nubes esponjadas que traía la tormenta de turno, las farolas de la calle estaban apagadas y todo alrededor era silencio y oscuridad.

Mientras mis ojos se acostumbraban al negro horizonte, mi corazón palpitaba fuertemente, mis manos se volvieron sudorosas y mi respiración empezó a acelerarse como si todos mis órganos temieran lo peor, como si fueran conscientes de que la noche podría tragarme por completo.

Recordé que hace tiempo intentaron robarle el celular a mi hermana a plena luz del día y me puse nerviosa, ¿qué no podrían hacerme a mí que iba sola en la total oscuridad con una carpeta como única arma? Miles de imágenes se colaron en mi cabeza, todas tomadas de películas sangrientas y una que otra noticia escandalosa de la prensa.

Tragué en seco y miré alrededor, no había nadie cerca y los vecinos parecían dormir, sólo en la casa grande de la primera cuadra, que tiene verja y cámaras de seguridad, se veía un bombillo encendido. 

Comencé a caminar más rápido, casi trotando, con el corazón en la mano y el estómago en la tráquea. Mi mente reproducía una y otra vez la escena de unos tipos robándome el bolso de diferentes maneras. En una el hombre huye con mi bolso, en otra me tira al piso y me golpea, en otra baja mis pantalones…

Tengo miedo y la cuadra se me hace muy larga es como si en vez de caminar hacia adelante permaneciera en el mismo lugar, no importa cuantos pasos de, mi casa parece inalcanzable.

Una esquina antes de mi cuadra, puede ver a un hombre cruzando la calle , di un respiro hondo cuando me di cuenta que el señor sólo entraba a su casa. Miré al lado opuesto de la acera y un vecino se despedía de él desde la puerta.

Vuelvo a tomar mi rumbo con la vista fija a lo que debía ser el malecón, pero se alzaba como un agujero negro y alborotado entre tanta oscuridad. Mi piel se había encrespado por el susto y mis ojos permanecían abiertos como platos para detectar cualquier movimiento extraño.

Al fin llego a mi casa, empiezo a sentir que baja el sudor frío que me corría por la espalda y que se calman mis latidos. Atravieso la puerta de metal y me recuesto de la puerta de madera, miro al cielo y unas pequeñas gotas  de lluvia empiezan a caer sobre mi rostro como si quisieran confortarme y decirme que ya no hay nada que temer.

Por: Tintazul21 (República Dominicana)

palabrasdetodoynada.wordpress.com


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