

Me llaman “perdida”.
Me dicen que no sirvo para nada. Que voy descarrilada.
Pero yo les respondo “no” con fuerza y energía. Con la potencia de un corazón ardiendo en la garganta. Con dolor en cada palabra. Y sudor en cada sílaba.
Me gritan “perdida”.
Y les contesto que sí. Pero porque ellos me han perdido. Porque me han defraudado. Me han engañado y machacado contra las circunstancias. Porque son ellos los que me han dejado abandonada.
“Perdida”.
Porque me han mangoneado y pisado. Porque me han querido perder. Y no me han tendido la mano más que para arañarla. Porque me han cerrado las puertas y han apagado la luz gravando con impuestos al sol.
Y estoy “perdida”, sí.
Tanto como los niños que lo tuvieron todo y al crecer se convirtieron en los adultos que no tienen nada. Como los sueños que sólo se cumplen al cerrar los ojos porque la realidad toca cada mañana a la puerta más temprano que las campanillas del despertador.
“Perdida”.
Entre un bosque de matorrales marchitos. Hundida en una ciénaga de corruptos de almas muertas. Que contaminan todo a su alrededor. Que no dejan que nadie queme sus cuerpos y limpien de nuevo los campos para que otros siembren en él.
Yo, “perdida”.
Implorando un cambio al que no temo. Porque he aprendido a no tener miedo. Porque a mí lo que me espanta es lo que he vivido ya estos años.
“Perdida”.
Como el pez nadando a contracorriente. Porque he estudiado. Porque he luchado. Porque he ansiado con tocar en mis manos lo que antaño a otros les pareció poco.
“Perdida” por la fronteras.
Haciendo un hogar en cualquier lugar. Reviviendo las emociones, emigrando como el abuelo.
“Perdida”.
Porque he hincado los codos por una plaza que estaba más congelada que el corazón de los “grandes hombres” que manejan la batuta de esta orquesta muda.
“Perdida”.
La que ha vuelto a la poesía porque sus versos son los aviones que sobrevuelan las llanuras a que hacen polvo la artillería.
Yo.
La que en cada palabra tiene esperanza. Y en cada esperanza pone una lágrima. Porque estoy tan perdida que intercalo llantos y risas. Porque me ha dolido como una bala a quemarropa ver cómo cuando llegaba el día en que me tocaba salir al mundo, el mundo ya no me ofrecía el sitio que hasta hace unos años llevaba inscrito mi nombre.
“Perdida”.
Porque me he topado de bruces contra una cúpula de carne cruda. Y, a pesar de ello, sigo caminando por un camino de baldosas desconchadas. Porque no pierdo la fe de que algún día hallaré mi destino. El de verdad.
“Perdida”.
Y sigo brindando con mis amigos. Buscando amores. Plantando flores. Reconstruyendo el techo que otros hundieron. Y no se me caen los anillos porque, ya sabéis, soy una perdida.
Una “generación perdida”.
Según algunos
Por: María Eugenia Hernández Grande (España)
maruspleen.wordpress.com
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