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Diario de mi casa (parte III)

Un día, la abuela Poupée se fue de visita a lo de Marcos, estuvo una semana allá, una tarde cruzó la calle para ir a jugar a la lotería, no vio a ese inconsciente que iba a más de cien por hora. Por eso yo les tengo miedo a los autos.

Qué horrible que fue el velorio de Poupée. Y el entierro, peor. Yo era chico. No me olvido más. Tantos llorando. No podía preguntarle nada a nadie. Y al final no sé si lloraban por la que se había muerto, o por lo que dejó, o por lo que hubiera sido si viviera Florentino, o porque en realidad querían parecer mejores personas. Es raro. Como que todos hablaban de ella, sin ganas, raro. Por hacer cumplido. Nada de hablar mal de un muerto, no. Está mal. Queda mal.

Desde que no está Poupée la casa es muy tranquila. No quiero hablar mal de nadie, no. Pero voy a tratar de decir qué pasó en todo este tiempo. Hoy estoy con más ganas de hablar. Será porque cumplo veinte. Si alguien me escuchara… ya nadie me escucha, como cuando era chico, que me pasaba hablando delante de tanta gente.

Yo tenía once cuando Poupée se murió. Pancha estaba viniendo poco a casa, porque yo me vivía peleando con ella. Al final, Pocho se casó con Graciela, me aburrí horrible en ese casamiento tan feo. Tuvieron muchos hijos. Pancha se empezó a llevar bien con la nuera y se agarró a esos otros nietos que tiene. Yo no me los banco. Son igual de tremendos que el padre. Mamá se lleva muy mal. Si hasta dicen que anda en cosas raras de plata y eso.

Yo seguí viviendo acá, tranquilo, sin nadie que me moleste. Me agarré los muebles de la abuela Poupée. Me cambié para el cuarto de adelante a dormir, me queda al lado del baño. Es mejor, más fácil. Estudiar; estudio en el cuarto del fondo, tengo todo donde preciso. Nadie me toca nada.

Cuando cumplí los doce empecé a sentir cosas raras. Muchas cosas que pensaba de chico, ya no las pensé más. Me cambió la cabeza. A pensar siempre en eso otro.

Empecé a ver melones por la calle… Una cantidad de frutas tentadoras que dan ganas de probar. Y unos labios carnosos que dan ganas de besar. Pero si las miro a ellas a los ojos, me dan ganas de taparme la cara y salir corriendo.

De noche en la cama sigo pensando en todo lo que vi en la calle. Es en lo único que pienso cuando me acuesto. Después… me da vergüenza seguir contando.

El baño queda al lado de mi cuarto. Trato de no hacer ruido.

Vuelvo culposo. Como si fuese a caerme un rayo encima.


Próxima semana: deseos adultos sin resolución.

Por: Fabio Descalzi (Uruguay)

blogdefabio.com


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