Autobús hacia la locura

Ya no estaban los tablones viejos sobre los que hablamos aquella mañana, pero el edificio que los sostenía estaba intacto, ¿seguiría igual por dentro? El tráfico era mucho menos saturado que durante aquellos años, supongo que en el fondo hacer un metro para aquella ciudad no había sido tan mala idea, aunque las consecuencias de las obras las había sufrido yo en mis propias carnes.  El autobús tardaba bastante menos de lo que tardaba antes, todos eran nuevos, y se notaba que la gente los usaba menos, no estaban tan saturados como aquellos años en los que ir a la Universidad en autobús era, a veces, una tortura. La ciudad seguía, en el fondo, como siempre. Desprendía el mismo encanto que por aquellos entonces, ese encanto que sólo se percibe a pinceladas cuando vives en ella, pero que se ve inmenso cuando ya te has marchado de allí.

No sabía a dónde ir cuando me bajé. ¿Qué estúpida locura había cometido? ¿Qué hacía allí? En aquel lugar, donde me aprisionaba el recuerdo y la nostalgia se apoderaba de mí como el calor del verano y el frío del invierno. Donde cada esquina guardaba algún recuerdo. De donde me arrepentí tanto de marcharme, que nunca había vuelto porque me dolía demasiado. ¿A qué venía buscar ahora lo que ya había perdido incluso antes de irme de allí? Pero ahí estaba, guiada por una corazonada inútil. Y justo mientras pensaba dónde alojarme aquella noche, recordé que había una pensión cerca de allí. Y aquella extraña noche me dormí, pensando en si te encontraría.

Lo primero que hice cuando me levanté, fue hacer una visita al lugar donde mejor viví en aquella ciudad, y no es que en los otros hubiese vivido mal, pero aquel siempre fue especial, tenía algo que me hacía sentirlo como “mi barrio”. Puede que el hecho de que por aquellos entonces tú vivieses casi al lado de aquella zona fuese lo que me impulsara a visitarla, aunque la nostalgia también tuvo su poquito de culpa. Tu recuerdo estaba tan presente allí, y mis recuerdos, que un nudo invadió mi garganta, y lloré, y hubiese dado lo que fuese por volver, y pasar allí, aunque sólo fuesen unos días. Alcé mi mirada y ahí estaba mi terraza, que tantos secretos míos guardaba y uno nuestro. De repente, se me vino a la cabeza la idea de subir y llamar, para ver que había sido de aquel piso entre cuyas paredes escribí tantas historias, imaginé tantas cosas, reí, lloré y hasta me emborraché. Pero, al girar la cabeza, tu silueta se me antojó tras la esquina, corrí hasta allí, con el corazón palpitando, pensando en qué te diría… la silueta se giró, pero no eras tú, ni siquiera se parecías, mi imaginación me había jugado una mala pasada, y mi vista, que estaba también peor que en aquellos años. Decidí ir a almorzar al sitio que más me gustaba por aquellos entonces y que también tú frecuentabas a menudo durante aquellos maravillosos días. Para mi desgracia, el bar no estaba, era otro. Entré y pregunté qué había pasado con el antiguo bar que había allí, y me dijeron que hacía poco que se había trasladado, pero como no eran horas de ponerse a buscar el nuevo sitio, decidí comer allí mismo. El recuerdo de tantas cenas en aquel lugar empezó a apoderarse de nuevo de mi mente, y me alegré de haber aprovechado aquellos momentos junto a los míos.

Un paseo por tu calle fue lo siguiente, quizás el azar me cruzara contigo. Ni siquiera recordaba con claridad dónde vivías. Recordé entonces que aquellas escaleras las había subido sólo un par de veces, por lo que era normal mi falta de precisión. Y vi la tienda donde compramos el alcohol que me llevaría a la locura. Y entré, y la imagen clara de aquel recuerdo que nunca se fue volvió más clara que nunca, como si lo estuviese viviendo todo de nuevo. Una voz me sacó de mi recuerdo. Por un momento pensé que era tu voz, y volví a temblar, pero tan pronto miré comprendí que no eras tú.

¿Desea usted algo?

Compré, por vergüenza. ¿Vivirías todavía allí?

Aquella noche me emborraché, sola, en la habitación de aquella estúpida pensión, para tratar de borrar con alcohol, como había intentado tantas veces, tu recuerdo…

Pero lo único que el alcohol consiguió fue que la resaca y el dolor de cabeza no me dejaran levantarme hasta la hora de almorzar, y algún gasto de más en aspirinas, porque tu recuerdo seguía, como siempre, intacto. Me preparé un bocadillo con lo que había comprado el día antes en la tienda, y continué mi deambular sin sentido por la ciudad. El lugar donde, a veces la casualidad y a veces la certeza de saber que iba a verte, te había encontrado tantas veces fue mi próximo destino. Toda la tarde deambulando errante de tienda en tienda y, justo cuando me iba a marchar de allí… ¡No podía creerlo, la suerte me iba a sonreír, la casualidad, el destino, pensé que, quizás! Me acerqué hasta tu mejor amigo, estaba allí, tú no estabas pero eso daba igual, iba a preguntarle por ti. Me acerqué, lo saludé… y no fui capaz de formular ni siquiera la interrogación de aquella maldita pregunta. Y cuando decidí que iba a hacerlo, que me daba igual, una llamada a su teléfono provocó su huída, tan sólo alcancé a decirle, a voces:

-¡Dale recuerdos a Javi de mi parte, dile que me gustaría saludarlo estos días!

-No te preocupes, se lo diré -me gritó a lo lejos.

Al menos sabía que estabas bien, o que, al menos, estabas.

Aquella noche la idea de llamarte se apoderó de mi mente. Ni un simple mensaje en cuatro años, ni mucho menos una llamada. Me di cuenta entonces de que tan poco había significado para ti, que ni te preocupaba cómo había avanzado mi vida. Claro que tampoco yo lo había hecho. Pero lo haría ahora. Apagado. Un segundo, tercer, cuarto y hasta quinto intento. Varios más al siguiente día mientras deambulada por la ciudad, perdida. Pero nada.

Viernes. Debía volver. Había recorrido hasta el último rincón de la ciudad. Busqué la casualidad en el metro, el autobús, en cada comercio, cada calle, cada uno de los lugares que solías transitar… y en cada uno de los sitios llevaba de la mano un recuerdo. Decidí entonces que no volvería más a esa ciudad, que la locura allí me envolvía demasiado.

Y a las cuatro de la tarde de aquel viernes, la búsqueda se acababa, me había prometido que, de no encontrarte, de no poder decirte todo lo que debí decirte antes de marcharme, te olvidaría para siempre, de todos modos, nunca habías sido del todo mío. Pero allí, en aquel semáforo, cruzando el paso de peatones mientras mi autobús esperaba a que se pusiera en rojo para marcharme…

-¡Pare por favor! –grité- Abra la puerta, tengo que bajarme.

-No puedo parar aquí, lo siento, no insita, no voy a abrir.

Pero insistí, insistí, grité, toqué en los cristales, lloré… fui la vergüenza de aquel autobús, y tú, que esta vez sí eras tú, pues pude verte con total claridad, no miraste. Cruzaste la esquina sin más y yo… no tuve más remedio que sentarme, destruida.

-Todo tiene un momento y lugar para decirse, pero cuando se acaba, el destino no te deja jamás que lo hagas. Las segundas oportunidades no existen, sólo el momento, que a veces es bondadoso y dura incluso años, y otras sólo dura segundos, pero cuando se va, ya no vuelve más. –Me dijo una voz-. Toma un pañuelo, seca tus lágrimas y no vuelvas aquí para buscarlo. Y no le digas a nadie que en realidad no viniste aquí para ver a una amiga, pero dile a cada uno de ellos todo lo que le tengas que decir, no vaya a ser que tengas que coger otro autobús hacia la locura.

La anciana sonrió y se sentó. Lo extraño es que no recuerdo haberla visto bajarse en ninguna parada, y al irme yo, ya no estaba. Debí haberle dado las gracias por el pañuelo, y por sus consejos, pero ya no estaba y no podía, había pasado el momento y, por supuesto, no iba a coger otro autobús hacia la locura.

Por: Lidia Villalobos (España)

laciudaddelasnubes.com


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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Marisa dice:

    Enhorabuena por el relato

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    1. Gracias Marisa!!! Me alegro de que te haya gustado 😉

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  2. El momento es ya. La vida es ahora.

    Le gusta a 1 persona

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