Absuelta

Tuve colores donde jamás creí que los tendría. Atónita contemplaba el reflejo de mi cuerpo en el espejo. Cada tonalidad era símbolo de una batalla perdida, aunque no iba a negar, que de algún descuidado tropezón también lo era.

Tocaba dejar a un lado las heridas de guerra para camuflarlas con la ropa. Un nuevo modelo, última tendencia porque no sólo me bastaba con ser fuerte también tenía que ser bonita, inteligente y la mejor pero no demasiado, nunca más que ciertas personas.

Ese era el punto, tenía que sobrevivir dentro de la peor de las cadenas alimenticias: la sociedad. Estaba en un ambiente que todo el mundo consideraría el idílico pero lo que no sabían era que, en realidad, estaba dentro del crimen perfecto y yo sería la perfecta víctima.

¿Quién podría sospechar de alguien así? Alumno modélico, sonrisa perfecta, comportamiento ejemplar y demás hechos que rozaban la percepción, más que un humano parecía ser un robot. Nadie iba a hacerlo, nadie iba a creerme porque él se encargó de que fuese así, todos permitieron que sucediera porque vivimos en un mundo donde prima más el expediente académico de una persona, que sus valores.

Ahora, entiendo que me enamoré de una imagen, de un producto imaginario de mi cabeza al encontrar, sólo, el turbio reflejo de lo que verdad merecía. Me enamoré de la idea que tenía de él, no de él y por eso, hasta que la desilusión no saludó a la realidad no me di cuenta de nada.

Siempre estaba ahí. No sabía cómo y eso me encantaba, parecía estar por mí. Lo curioso era que mis amigos estaban cada vez más lejos y a mí me daba igual, porque sabía que le tenía a él. Inocencia la mía que no entendí que lo que verdaderamente hacía era apartarme. Marginarme para hacerme sentir cada vez más sola, débil y consecuentemente dependiente de él. Me había enganchado a él; cual drogadicta que con tal de recibir su dosis se conformaba con cualquier migaja.

Caí en la trampa de perderme a mí misma con tal de encontrarle en mi camino, dejé de ser yo para ser a medias. No me importaba, no si estaba con él a mi lado. Descubrí nuevas terminaciones nerviosas, nuevas formas de dolor y de pasión. Averigüé la polaridad que podía experimentar una persona sólo unos instantes y no me desagradaba.

Veía películas donde había parejas que tenían un estilo de vida diferente, a ratos deseaba que mi vida fuera también así de divertida: salida con amigas, compras intensivas y poder ponerme lo que quisiera, luego apagaba la televisión, me llevaba al cuarto y todo se me pasaba. Nuestro amor se estaba continuamente reescribiendo, nada empalagoso, era hueso contra hueso, lágrima contra fuerza. Éramos salvajes.

Hasta que llegaste tú, querido hijo mío. Fue contigo cuando supe que esto no estaba bien. Cuando los golpes me supieron agridulces porque corría a atender tus llantos y no prestaba atención a sus falacias. Aprendí lo que era amar de verdad, sin miedos y reservas cuando apareciste en mi vida, supe que yo no podía escapar. Te había condenado a vivir con un monstruo pero eso no significaba que tú no pudieras ser un ángel. Sí, Raphael, criarse con monstruos no te convierte en uno.

Viste más de lo que correspondía desde que tenías consciencia, perdonaste cosas que jamás se te hubieran perdonado si las hubieras hecho tú, mientras yo seguía justificando a tu padre. 

Aprendiste demasiado rápido la crudeza de esto que llaman vida y posiblemente hubiera seguido así hasta que aquella noche, decidiste creerte alguien e interponerte en la patada que tenía mi nombre. Me recordaste que era capaz de sentir por mí misma y aunque estuve a punto de perder la vida por separarte a ti y a tu padre de la pelea; sentí que tenía que hacer algo por mí misma, por una vez.

Si es que alguna vez tengo el valor de vivir.

Querido Raphael, hijo mío, si estás leyendo esta carta es porque decidí vivir por ti. Tomar cartas en el asunto y acabar con el origen que debí haber puesto fin hace mucho tiempo. Sigue leyendo, tantas veces como te haga falta porque sí, ahora eres huérfano.

No sentirás más miedo al oír la cerradura de la puerta, al escuchar el crujir de la madera o simplemente el corazón a mil al saber que esta noche, duerme en casa.

Sólo había una manera de devolverte la vida, simplemente no debíamos seguir en ella. Debo confesarte que sufrió, claro que sufrió, el veneno se apoderó de él y disfruté mientras me tomaba una copa de coñac, como solía hacer antes de conocerle. Conmigo fue más veloz y las manchas que hay en el alicatado de la cocina, debe ser sangre de los pocos sesos que me quedaban.

Nunca olvides que pese a todo fuimos tu familia y lo que éramos: un maltratador, una asesina y tú, que eres libre.

Eres libre, ahora puedes escribir tu historia sin que el pasado te asole, sin que el miedo te aceche. Ahora puedes crearte a ti mismo, pero jamás, se te ocurra repetir esta historia. La historia de lo que ya has vivido, porque nada te da derecho a destrozarle la vida a alguien que se supone que quieres en nombre del amor.

Hijo mío, todo lo que te haga sufrir no es amor.

Ama la vida y todo lo que hagas en mi honor. El honor que nunca tuve y que he querido darte. No te pierdas en el camino, sigue tu camino.

Te quiere, mamá.

Por: Verácida (España)

catarsisneuronal.wordpress.com


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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Muy bueno, vaya perfiles de pareja….aplausos ¡¡

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  2. ragdoll54 dice:

    Los pelos de punta. Increíble 😍

    Le gusta a 1 persona

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