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Alcohol, prosa y poesía

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Ella llevaba un vestido negro con un hermoso escote en la espalda, el pelo suelto y unos pendientes plateados, adornados por unos labios pintados de rosa. Se sentó en mi mesa con la única intención de alejarse de la pareja a la que forzosamente acompañaba, después de todo a nadie le gusta aguantar gorros en una cita que es visiblemente para dos.  

La conversación giró en torno a asuntos triviales sobre la vida y el amor hasta que compartimos la segunda botella de vino. Entonces vinieron los chistes picantes las anécdotas curiosas y las típicas preguntas sobre cómo y dónde te gusta más. Nuestras miradas se atraparon entre sí y ya no quisieron soltarse, sus labios danzaban primero juguetones y luego provocativos, como si hubieran entendido que su misión esa noche eran fundirse en lugares desconocidos de otra piel.

El tiempo en el reloj no se sentía, ella lo había paralizado con sus risas y la curiosa manera de sostener su copa entre las manos, balanceándose del lado izquierdo como si quisiera derramar su contenido. No se inmutó cuando llamaron la primera vez a su celular, pero como el aparato volvió a insistir lo tomó en sus manos.y con voz cortante despidió a su interlocutor al tiempo que cambiaba su semblante por uno más sombrío.

Imaginé que debía ser su ex así que no pregunté, quizá un pequeño error que ahora lamento. Seguimos flirteando hasta que el instinto me indicó que era correcto partir y llevarla conmigo. No habíamos llegado al hotel y ya sus manos me acariciaban debajo de mi falda, su mirada era una mezcla extraña entre deseo y malicia, esa mezcla irresistible que me derrite al amar.

Al llegar pasó lo inevitable, nuestros cuerpos se fundieron a baño María y los gemidos se convirtieron la orquesta nocturna cuya melodía no quería parar de escuchar. Sus habilidades como amante sólo podían ser comparables a la destreza con la que articulaba las palabras que se escupían de su boca casi a la velocidad de la luz sin trancar su lengua. Sus caricias eran decididas, sus besos fulminantes y la cadencia con la que se movía no dejaba nada que envidiar a las bailarinas del bar donde yo solía pasar mis ratos solitarios.

Sonó una vez más el teléfono, ella seguía tocándome mientras hablaba, así que yo aproveché para poner mi lengua en su sexo mojado provocando que ella se mordiera los labios cada vez que se asomaba un gemido. Mi curiosidad estaba inquieta, pero preferí no preguntar nada y seguir en la deliciosa tarea de transformar a la fiera en volcán, devorando cada pedazo de su piel.

Cuando terminamos, coloqué su cabeza en mis pechos, hablamos un buen rato hasta que al fin se despidió. Le pregunté si la vería de nuevo y sonrió: me dijo que la llamada era de su esposo que estaba de viaje por el trabajo, que yo era simplemente un escape de su realidad deprimente plagada de poesía disonante y rimas dispersas. A mi corazón le dio un vuelco repentino, de esos que suceden cuando nos matan la ilusión, aún así sonreí y dejé que se esfumara sin rogarle nada más que una llamada cuando se sienta harta de leer poesía y necesite resbalar en un poco de prosa.

Por: Tintazul21 (República Dominicana)

palabrasdetodoynada.wordpress.com


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