Cae la Lluvia (Parte I)

Desierta es mi vida, sola, vacía. Las dunas se levantan gigantescas interrumpiendo el horizonte. Mis noches son frías y oscuras y el calor de los días me sofoca, pero aún sigo adelante, esperando lo mejor porque la esperanza es lo único que podría florecer en un ambiente tan hostil como este. Miro hacia abajo para no tropezar con mis memorias muertas, esqueletos que una vez tuvieron alma y podían incluso volar sin necesidad de alas.

Continúo caminando sediento de afecto sin encontrar un lugar donde detenerme, una sombra que me cobije. El sudor de mi frente baja lentamente y las aves de rapiña vuelan a mi alrededor atentas a cuando decida descansar. No hay camellos cerca para ayudarme a avanzar en el camino; después de todo los amigos son escasos bajo este clima. Mis zapatos se cubren hasta el tope de arena y se hace más difícil la jornada.

De pronto veo algo desde lejos, una silueta. No sé si estoy delirando o realmente es un oasis… Sí, es una chica de pelo negro y ojos café que viene directo hacia mí.

Gota a gota se fue empapando el cielo. Ni siquiera me di cuenta que las nubes se agolpaban sobre mi cabeza, simplemente pasó. Los goterones comenzaron a deslizarse cada  vez con mayor intensidad y aterrizaban justo en mi cabeza, refrescando cada uno de mis pensamientos, ayudándome a crear la estrategia perfecta para quedarme en el oasis por un tiempo prudente.

Están cayendo unas gotitas finas sobre mi desierto, sutilmente sobre cada grano de arena. Cada una alimenta la esperanza de ser feliz. Pasó la primera cita sin contratiempos, luego la segunda. En la tercera no me aguanté y la besé tiernamente arriesgándome a volver a la sequía, pero al contrario de lo que imaginé, terminamos en mi casa.  

Siento su tibio canto sobre mi cabeza y miro hacia el cielo, un cielo falso de pintura semi-gloss. Hay una mancha gris apenas perceptible que apareció, quizá, presagiando lo inevitable o simplemente para adornar la capa blancuzca que cubre mi cabeza. El tintineo de la bombilla se torna dinámico y un tanto insoportable, como un flash que prende y apaga a cada minuto, fotografiando cada escena de la vida que pasa bajo su indiscreta luminosidad.

Vienen a mi cabeza mil y un pensamientos: ¿Cómo he terminado aquí? ¿Cómo es posible que en un segundo haya cambiado mi suerte completamente? ¿Quién ha sido el responsable? ¿Yo? ¿El destino? ¿Dios?. Detengo mi cerebro. La razón no cabe en estos asuntos, así que suspiro y me concentro en la brisa, dulce y melodiosa: escucho sus susurros apenas perceptibles, siento que respira sobre mi piel, la abrazo fuerte y la siento desmayar hasta transformarse en viento…

Casi una tempestad, un huracán, un tornado: se han mezclado los fenómenos naturales. Escucho truenos en todas las direcciones, mientras un terremoto estremece todo mi ser. No controlo ya mis movimientos de manera consciente, le he cedido el turno a mis instintos animales que luchan por sobrevivir en medio de este caos. Ya no sé si subo o bajo, si pienso o me dejo llevar, si me aferro o resbalo… ¡Cómo me gusta resbalar! Y más si termino hundido en ese volcán carmesí a punto de desbordarse tan deliciosamente deseable.

Su lava ardiente choca con cada uno de mis poros, encendiéndolos hasta estallar en la más honda locura, justificada por unos sorbos de alcohol, una gota de veneno y un cañón de pasión desbordada. La pócima perfecta para una bomba nuclear.

Escudriñar cada rincón de esta asombrosa selva se ha vuelto hoy mi única misión y la he decidido cumplir cabalmente. Pocas han sido las veces que me ha tocado una fiera como la que hoy trato de dominar, que lucha por permanecer salvaje..

Luego de la tormenta llega la calma. Tras el paso de todos los desastres naturales y el clímax final solo queda respirar profundamente y esperar que la pasión vuelva a descansar, así como nuestro lado oscuro se esconde luego de romper una regla elemental.

Sobre mi pecho caen suavemente las últimas gotitas de lluvia, justo en el lugar donde se apoya la cabeza de la diosa que acaba de envolverme. Caen lento para refrescarnos a ambos, acalorados por el delicioso momento de placer que las noche nos permitió antes de volverse mañana. Observo su cuerpo desnudo, esa selva que ya es totalmente conocida para mí, al tiempo que siento la brisa suave rodearnos y secar nuestro sudor.

Tengo la sensación de que el desierto se esfumó para siempre, aunque lo más probable es que solo se haya retrasado la sequía. Mientras eso suceda y mi oasis no desaparezca, seguirá lloviendo fuertemente en mi interior.

 

Por: Tintazul21 (República Dominicana)

palabrasdetodoynada.wordpress.com


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