El oso abrió los ojos desmesuradamente y miró a la niña: no podía creer su secreto. La dejó hacerle aquello tan extraño. Cuando vio la primer borla de estopa, su rostro se desencajó. Luego le tocó el turno de susurrarle un secreto a ella: ahora la nena abrió sus ojos de asombro. Nuevamente acostado, dejó que la tierna niña le bajara el cierre por completo. Un extraño regocijo imparable lo inundó cuando ella comenzó a meterse en su interior…



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