El profesor Hruby era un hombre especial. Entre otras cosas sólo comía palabras.
Contaba que las palabras esdrújulas, como mandrágora o hélice, eran sus preferidas. Sabían ácido, intenso.
En cambio, las palabras agudas, como corazón, eran picantes. No siempre le sentaban bien.
Si tenía un capricho tomaba aire o agua. Cuantas más vocales, más dulces sabían.
Cierta vez Hruby se emborrachó con adjetivos. Fue dura la resaca. Y en alguna ocasión vino a comer a casa. Un soneto, luego un crucigrama y de postre el título de alguna novela romántica.
Murió joven. Yo sostengo que lo mató Bárbara. Nunca fue prudente con los nombres propios. Y es que algunos, afirmaba Hruby, son muy venenosos.
Ilustración: «Dinner At Fitch’s»




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