Aquel niño tocaba el piano como los ángeles
esa forma de acariciar las teclas
como si se tratase de un emisor enamorado
en la piel de un receptor ilusionado.
La melodía de la inocencia
tan llena de paz y de belleza
de luz y de magia.
Aquel niño vivía en su oscuridad,
no sabía lo que provocaba en el rostro de la gente
tan solo escuchaba susurros de monedas al caer
y algún tímido aplauso sincero.
Pasaba los días en el mismo lugar
mismo rincón, misma alma,
comprometido con su familia
y la esperanza de soñar lejos de allí.
En su hogar habitaba la humildad
la nostalgia, la bondad y la melancolía.
Aquel niño no sabía restar
pero echaba de menos la felicidad
del momento del abrazo de su abuelo,
de aquel instante eterno sigue prisionero.
Nunca esquivó la partitura de su recuerdo
mas bien la utiliza como posdata
de su último te quiero.
Por: Raúl Zambrano (España)
deunalmaotra.es
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