Se conocieron hace veinte años, al calor de una movida campaña electoral. Camelia era muy jovencita, frágil y delicada, vestida prolijita, traía unos papeles de la escribana para llevarle al padre. Al pasar por la esquina vio dos hombres jóvenes sentados a la mesa del bar; le llamaron la atención los claveles de las solapas. Se reían los dos; uno de ellos tenía la tez muy morena, el cabello renegrido, facha de luchador. Se le quedó mirando impresionada; él tenía cinco años más que ella y muchos más de calle, los bastantes como para darse cuenta de que tenía a esa mujercita en sus redes. La invitó a sentarse y la convidó con un café. El amigo se dio cuenta de que estaba de más y se fue. Estuvieron rato largo charlando; él se llamaba Agapanto, pero desde ese día lo llamó Argo. La mirada dulce y delicada de la pálida tanita narigueta se embelesaba con esos ojos penetrantes, esa nariz respingona y vivaracha, esa sonrisa inquietante. La acompañó hasta la puerta de su casa y, antes de que desapareciera por la puerta, le robó un beso.



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