Me encanta ver que está bien. Regresó a casa, compró un abrigo nuevo y se volvió a enamorar. ¿Lo puedes imaginar?
Volvió a vivir. Porque él sabe, debe y merece vivir. Se acurruca en los rincones de las noches solitarias y me aconseja desde el silencio. Lo hace sin llevarse el crédito, sin llevarse nada, y es todo, menos invisible.
Se regeneró. El universo le devolvió el amor que en alguna ocasión entregó. Digamos que le llegó de sopetón una mañana de octubre.
Siempre creyó en mí, incluso cuando llegaba con cientos de dudas enredadas en mi cabeza. Creyó en los demás; poco y demasiado, pero con una claridad que no he visto en alguien más.
Algunas personas llegan arrasando. Otras, en el momento indicado. Hay también quienes se van a tiempo, casi sin enterarse. Pero como en todo, existe un curso, una fecha de expiración.
Él es un gran amigo cuyo corazón me saluda desde la ventana en movimiento; agita una mano, endereza la espalda y con la mirada se despide de la única manera que entendemos los dos.

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