Susanne

Corría, sabía que venía. El día soleado, el pasto mojado y la brisa tan pegajosa que me hacía dudar si eran los árboles los que la provocaban o era su lengua en su lugar. Un escalofrío baja por mi espalda con el solo pensamiento de tenerlo cerca de mi piel. Jugueteando conmigo, el escalofrío desciende despacio, burlándose de mí. Una costilla, dos costillas, acelera el paso y llega a mi zona lumbar. Como si la gravedad me odiara baja de golpe hasta donde mi mamá me decía “no te dejes tocar”, permanece allí, sí, allí, donde me gustaría olvidar que ha estado él. Un asco que me revolotea el estómago me hace entrar en razón y recuerdo que aun no estoy a salvo, tengo que seguir, tengo que huir.

A lo lejos, diviso una vieja cabaña, con una madera más podrida que él, abandonada al parecer. Por un momento la esperanza inunda mi ser, solo para volver a desaparecer. “Susanne”, su voz, lo escucho, sudo frío. Sus pasos, los oigo, tiemblan hasta mis anillos. ¡Maldita adrenalina!, tan ingrata la condenada, me ha llevado tan lejos y me ha abandonado en el peor momento.

Siento que me desmayaré, pero ¡¿qué más puedo hacer?! Mis pies no dan para más, ¿hace cuánto estoy huyendo? Y ¿cuánto más tendré que hacerlo? Pesan una tonelada los zapatos, siento que se me desprende el alma cada vez que los levanto. Ahí viene, lo siento, ya me alcanza. Más rápido, pienso, más rápido, tiemblo.

Unos calientes brazos arropan mi cintura, como si el mismísimo demonio viniera en mi búsqueda. ¡Tan lejos que llegué! susurré con amargura. El metal frío contra mi sien es lo único que siento en estos momentos. El resto de mi cuerpo ha desaparecido debajo de mí. Contemplo una luz a lo lejos, y vuelvo y repito, ¡tan lejos que llegué!

Las lágrimas escapan a borbotones de mis ojos y un leve sollozo cubre mis oídos. Sorprendida descubro que es mío. Como también descubro que es mío el miedo que grita a través de mis poros, la ansiedad que pone de puntas cada uno de los pelos de mi nuca. Estoy hiperventilando, ¡no recuerdo ni cómo respirar! Estoy llorando, como nunca pensé que podría llorar.

Ayuda, me gustaría gritar, pero en vano sería. Maldita suerte la mía de encontrarme con este desgraciado, maldita suerte la mía el ver como disfruta mi desagrado. Y el metal juguetea en mi piel, no sabe qué camino tomar. “Susanne, mi muñeca de porcelana,” el fuerte viento trae consigo el chasquido del gatillo a punto de ser halado. El miedo hace que mis pies cedan y caigo al piso, él se arrodilla a mi lado, su cabello pelirrojo se mueve con la brisa, “Sh, nena, sabes que no me gusta verte llorar.” suelta una sátira carcajada, como si todo esto fuera un acto de comedia, “No te preocupes, ya pasará”, las últimas palabras que nunca pensé escuchar. El ensordecedor sonido del oscuro revólver inunda el aire y me asfixia, cierro los ojos, esperando… No siento nada, no comprendo. Un sordo golpe se escucha detrás mío, giro lentamente y lo veo.

Por: Melanie Moronta Franco (República Dominicana)

maraureo.wordpress.com


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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. interesante poema gracias por compartilo

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