Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Luna Caótica (Colombia)

Inconsciencia consciente

Hacía ya mucho desde que Samanta no transitaba por esa desolada carretera (o al menos eso sentía ella) perdida tras las montañas. Las ramas sobresalientes de los árboles rozaban bruscamente las ventanas de su auto de color rojo debido a los 90 km/h que llevaba. La velocidad para manejar la destacaba desde los catorce años, cuando su padre le enseñó el arte de conducir. Al parecer no le había quedado clara la lección. Un año después, al cumplir quince años este le regaló el aparato (último modelo en 1975. Nació en 1960) en el que ahora llevaba su equipaje de vuelta, y que había tenido unas cuantas reparaciones por averías en el motor V12 de casi 4000 c.c. desde que llegó a sus manos. Agarró su Coca-cola con la mano derecha y le quitó la tapa con los dientes, se retiró cabello con el dorso de la mano y bebió de la botella; esta se terminó antes de que se diera cuenta.

Se detuvo para descansar y tomar algo de aire fresco (bien que le hacía falta, el olor a gasolina ahogaba) restando unos 300 metros antes de llegar a su destino, la casa de dos pisos en la que había vivido con sus padres y su hermano de siete años antes de irse.

Cinco minutos, quince, daba igual cuánto tiempo había estado ahí, la sensación de bienestar que le causaba el sitio era agradable, los árboles y sus hojas que caían levemente arrojadas por el viento, y, por supuesto, el relinchar cercano de los caballos y el mugir de las vacas de la granja del señor Fluss, un loco anciano de… ahora tendría unos ochenta y siete años, que no hacía más que leer y leer páginas de libros una mitad del tiempo, y escribir la otra, cuando terminaba las labores de su granja »vaya que lo extraño sí que lo extraño viejo testarudo« y daba de comer a Stein, su perro lleno de pelos viejos y blancos que dormía sobre una suave y lanuda cobija, que ella le había obsequiado cuando llegó por primera vez al lugar que sería su casa. Había pasado mucho tiempo.

Abrió la puerta del auto y se puso al volante.

Por fin llegó a meterse en el sendero que daba directo a la casa y se dirigió hacia ella. Ventanas cerradas, las plantas del jardín delantero altas »mi madre sí que se ha ausentado« y ninguna señal de vida.

Vio su reloj en la muñeca izquierda: 3:38 p.m. Hora falsa, por supuesto. Este viejo aparato que no cambiaba desde hacía ya harto tiempo tenía cinco minutos de diferencia con la hora real. Eran las 3:33 p.m.

Dejó el equipaje en la parte trasera del carro y tocó algunas flores azules del frondoso jardín. Arrancó una y la puso enredada en el lápiz que apretaba sus cabellos. Se dirigió hacia la puerta y la abrió »cuánta telaraña« de un golpe que, en medio del silencio del campo, fue un estruendo tremendo.

—De nuevo en casa, mamá— dijo al aire, y nadie respondió.

Dejó la puerta entreabierta. ¿Quién podría entrar en una casa en medio de la nada, sin gente, y solo con un viejo que no podría ya agacharse los alambres que separaban los terrenos? Nadie. Nadie entraría.

Echó un bostezo y estiró los brazos de cansancio. Subió a lo que antes había sido su habitación y al abrir la puerta observó que no se habían movido de su sitio los afiches en la pared de The Rolling Stones y Led Zeppelin, y también estaba intacta la mancha de chocolate que había hecho su hermano con las manos sucias de la tarta que preparó su madre, el día que papá le dio el cuatro llantas rojo que le había traído de nuevo a casa esa tarde.

Dio un suspiro y se quitó los zapatos sin ninguna modestia, tal y como acostumbraba a hacer todo. Se recostó sobre la cama y la panza le crujió pidiendo comida, no le hizo caso, cerró los ojos »imágenes, imágenes. Ya deja de recordar« y sus párpados descansaron.

Todo oscuro. Todo. Y de repente…, un dulce y rosado algodón de azúcar, y se acercaba y se acercaba, empezó a salir algo rojo de arriba. Sangre. Era sangre. Su cabeza daba vueltas en la oscuridad. El algodón se elevó y se llenó de aire, su figura era medio redonda y de color rojo, y empezó a arder, llameante. Un hospital, un hospital. Las enfermeras gritaban en el pasillo y llamaban por el micrófono. Una mujer gritó angustiada y empezó a lloriquear. Sangre, sangre por todos lados. El espejo. Sangre. El espejo. Sangre. Hermana. Hermana. Hermana. Abrió los ojos de sobresalto y solo miró al techo de primera vista. —Hermana —llamó Jacobo desde su habitación—, hermana, hay algo, ven. —Puso los pies en el suelo de un brinco y miró la puerta—. Samanta — repitió la voz—, ven.

—Samanta, ve a donde tu hermano —dijo su madre desde la cocina. Cerró los ojos por dos segundos y los abrió, fue a la puerta y salió. Su cuarto quedaba en medio del pasillo, justo frente a las escaleras, miró hacia abajo y la puerta principal estaba abierta de par en par. Era de noche.

Caminó hacia la habitación de al lado y notó que la puerta estaba abierta. Entró. Luces apagadas y un débil respiro. —¿Sam? —preguntó una voz dulce— ¿Sam? —repitió.

—¿Sí? —respondió con un ligero temor en la voz.

—Hay algo en la ventada, me mira. —Encendió la luz de golpe y ahí estaba él, metido bajo las cobijas, asomando la cabeza y sus pequeños dedos. Se quedó estupefacta al escuchar sus palabras, al escucharlo, al verlo.

—Revisa, Samanta. La ventana. Revisa.

—¿Eres tú, Jacobo? ¿De verdad eres tú?

—La ventana, Sam. Sus ojos. —Estaba llena de horror, los ojos abiertos como dos platos y las pupilas en desacuerdo—. ¡La ventana! —gritó feroz su hermano. Saltó hacia atrás como si le hubieran dado un golpe y caminó hacia las cortinas que estaban corridas. No había nada detrás del vidrio, no había… nadie. Vio su reflejo en el vidrio levemente empañado. Cerró los ojos en un parpadeo. Luego él, y sus padres, la miraban a través del negro vidrio. No podía, el suéter se mojó de sudor, apretó los puños y las piernas se le inmovilizaron. Luego de un instante volvió en sí, »ellos murieron en el accidente. Ellos están muertos. Murieron« se giró lentamente con los ojos cegados, y los entreabrió. No había nadie.

Sam corrió hacia la puerta y luego las escaleras sin medir sus pasos, tropezó torpemente y bajó dando botes. Luego nada.

 

18 de febrero  de 1977 (Rock & Roll Over Tour. Kiss).

—Te dije que no irás.

—Sí iré, mamá. No puedes hacer nada.

—¡Ay! ¡Si tu padre no te consintiera tanto!

—¡Ay! ¡Si tú no fueras una loca sobreprotectora! —Y eso era, la señora Fisch, madre de Samanta y Jacobo, cuidaba incluso el qué comían sus hijos fuera de casa, pero aun así, la amaban.

Jacobo tenía siete años, y Samanta Fisch diecisiete, acababa de cumplirlos y su padre le dio como regalo una boleta para el concierto del Rock & Roll Over Tour de Kiss, en su país, ese año. Él era su cómplice, por así decirlo, y ella, una testaruda, pero buena persona. Su madre, por supuesto, estaba en desacuerdo. No quería que su -hijita fuera a ver a esos caraspintadascomoeldiablo-, pero Sam tenía el boleto, y aunque no tenía acompañante, eso no le importaba, iría de cualquier forma, aunque su madre rezara mil aves marías al cielo o se le pusiera de rodillas. Iría.

Eran las doce del mediodía. Después de comer y lavarse los dientes sacó el auto. Se despidió de Jacobo en su habitación, llovía, y él estaba metido debajo de las cobijas. Fue a la cocina, besó a mamá en la mejilla mientras ella seguía lavando los trastes, y al salir fue hasta el exterior de la ventana de Jacobo, en donde su padre reparaba la oxidada cerradura que dejaba penetrar agua de lluvia en la habitación. Fue hacia el auto, corriendo, para no empaparse. Entró y se sentó. Lo encendió, —Los amo—dijo, y se marchó.

Coca-cola, si, la Coca-cola en su boca, en la botella de vidrio que tiró al borde de la carretera después de terminársela.

I can stay still it’s time to go

   You say goodbye and I say hello —cantaba (más bien gritaba) Sam, camino al Madison Square Garden.

Paul Stanley giraba su cabeza al ritmo de Black Diamond, y a ella le causaba una ligera risita de satisfacción. Se sentía feliz, a pesar de haber ido sola.

Al finalizar el concierto, ella salió antes de que empezara a formase el tumulto de gente. Se dirigió al estacionamiento y abrió la puerta de su carro rojo. Fue justo antes de meterse en él que notó los vidrios en frente y luego debajo. Se aligeró a revisar y vio que todas las luces de los carros en el lugar estaban rotas.

Thomas y Jack se apresuraron a entrar.

—No hagas ruido, idiota —dijo Thom en un susurro. Jack le miró con los ojos medio retorcidos sin proferir palabra alguna.

Su familia no era rica, pero eran los consentidos de su madre. Eran unos completos maleducados. Unos idiotas, diría cualquier chica a la que le habían dicho piropos mientras ella solo esperaba a cruzar la calle para verlos desaparecer ante su vista. Habían sido arrestados juntos en dos ocasiones; la primera fue por chocar el auto de Thomas mientras ambos estaban ebrios; la segunda por encontrar marihuana en el mismo, y en ellos. Eran como la uña y la mugre, y Steven era el dedo, el que los dirigía, y ellos hacían lo que él decía. Era un chico de veintiún años, mientras el par anterior tenía diecinueve. Eran mellizos. Jamás había sido arrestado, pero no por buen muchacho, sino porque tenía quien hiciera las travesuras por él. Mientras Stev disfrutaba con una cerveza y un par de tetas plásticas, Thom y Jack siempre llevaban del bulto, pero no eran tan listos como para darse cuenta de lo que ocurría, de que solo eran un par de títeres que se movían por un poco de cocaína, marihuana o cualquier otra droga que el niño rico les ofrecía.

El día anterior Steven había chocado por error con un tipo y este había regado su almuerzo en su suéter. Esto no se iba a quedar así, por supuesto, nada se quedaba así con el joven Steven. Entonces fue cuando decidió hacerle algo no tan grave; romper sus luces y cortar sus frenos no estaría mal, pero, claro, no lo haría él, para eso tenía al par de malcriados.

Había seguido a Daniel, el desafortunado chico de quien “debía” vengarse, hasta encontrar la oportunidad para que Thom y su hermano hicieran su trabajo.

Por fin, Daniel decidió bajar de su auto rojo…

Se había encontrado con Samanta precisamente cuando ella salía y él entraba en el sitio en donde estacionría.

Ya sabiendo en dónde estaba el auto, Steven fue por Thom y Jack. Luego de que él se fuera entraron sus chicos malos silenciosamente. Él les había dado instrucciones sobre el auto que debían “atacar”. Rojo.

Ambos se encargaron del auto rojo, pero querían divertirse un poco más, así que rompieron las luces delanteras de cada auto en el sitio. Luego, simplemente salieron.

—Quienes hayan hecho eso son unos idiotas —gritó Sam en el espacioso lugar que le devolvió sus palabras con el eco, mientras se ponía al volante. Solo notó las luces rotas, por supuesto. Quién supondría algo más.

No le preocupaban las luces, la carretera alumbraba lo necesario. Aceleraba como de costumbre; disfrutaba de la velocidad y el sordo ruido del aire cuando llevaba la ventana abierta. El suéter blanco que llevaba esa noche no permitía que el frío del aire nocturno penetrara en los brazos o los pechos. Todo estaba bien.

Iba a 100 km/h, lo cuales no redujo ni siquiera en una curva bastante estrecha a 11 kilómetros del aparcamiento. Las luces de un auto de frente la cegaron levemente, se sobresaltó e intentó frenar, pero este movimiento fue en vano; siguió avanzando aunque no dejaba de presionar  los frenos con las puntas de los pies, que apenas lograban alcanzarlos. Ahora lo entendía, no era solo un daño conjunto que algún pícaro había ingeniado. Habían saboteado los frenos, pero no lograba saber la razón. De cualquier forma, no le quedaba demasiado tiempo para pensar en ello.

Se oyó un estruendo ensordecedor en la silenciosa noche, y Sam agarró el volante con tanta fuerza que lo desprendió de su sitio. Vio a Jacobo, papá y mamá en el auto de en frente, »qué hacen aquí« pasó un segundo y los rostros cambiaron. No podían ser ellos, por supuesto. No lo entendía. No entendía nada. Sintió un ligero golpe en la parte posterior de la cabeza y luego nada más.

Sam abrió los ojos de par en par, aturdida, con un sutil sobresalto, en medio de la carretera vacía, en la misma curva que había soñado.

No había ningún otro auto y ella estaba bien. Intentó encender el auto rojo pero este ni se estremeció »cómo voy a quedarme dormida aquí. Pude tener un accidente. Qué extraño sueño«.

Se bajó y decidió caminar hasta llegar a casa, después iría con el auto de papá para llevar el suyo a casa. No estaba tan lejos de su hogar y casi amanecía, además »mi hermano. La ventana tan fantasmal. Mi hermano está vivo y no hay nada en la ventana« no estaría mal caminar un poco, sin tener que respirar aire a gasolina quemada.

»Mi casa vacía. Mi familia casi fantasmal. El accidente. Nada fue real. Fue un sueño horrible. Horrible. Un sueño. ESTOY MUERTA«

Un pensamiento fuerte se vio presente en su cabeza sin que ella lograra entenderlo, lo sintió tan vivo ella. Además, pensaba en que al llegar a casa le contaría a su madre los sueños que había tenido.

Caminó y se tropezó un par de veces. Escuchó el cacareo de un gallo al pasar cerca de la granja del señor Fliss, tres minutos más tarde una vaca produjo un mugido. Eso le indicaba que estaba cerca. Eran alrededor de las seis de la mañana, su familia ya estaría despierta, pero su hermano aún seguiría en la cama.

Entró por el sendero y se aligeró al ver las luces encendidas por la ventana de su hermano. Quiso darle un pequeño susto, por lo que se asomó a la ventana, aunque la cortina estaba cerrada, y este ni siquiera la notó.

La puerta principal tenía una pequeña ventanilla de vidrio, se asomó por ahí y vio a su madre en el comedor. Abrió la puerta y la madre miró en esa dirección, sorprendida. Samanta entró —. Hola, mamá —dijo, pero la mujer mayor se apresuró a la puerta y la cerró, ni siquiera reparó su presencia. —¿Estás enfadada, verdad? Por eso no respondes. Estoy bien, mamá, aunque me quedé dormida en la carretera. Por favor no te enfades. Tuve dos sueños bastante extraños. —La señora Fisch siguió en su oficio, servía los platos—. Ya basta, mamá, deja de ignorarme —pronunció Sam con las palabras perdidas en el aire. Tenía cansancio en la voz.

Sonó el teléfono. La madre se acercó y lo tomo:

—¿Sí?

—¿Familia Fisch? —preguntó una voz masculina al otro lado.

—Sí, señor.

—Su hija Samantha, señora, ha sufrido un accidente. —Sam se horrorizó y recordó el sueño. El horrible sueño.

—¡¿Qué?!, ¿mi hija está bien?

—Su hija ha muerto, señora —respondió el hombre con desánimo. Ella soltó el teléfono en la mesita y dio un alarido como de dolor  mientras se arrodillaba sobre el suelo.

—¡Nuestra hija está muerta! Está muerta… —gritó a su esposo, sin subir la mirada. Samanta no sabía qué pensar en ese momento. Tenía la mente ahogada. Su padre bajó por las escaleras, corriendo. Y Samanta observó el suelo a través de sus manos. Quiso gritar, pero su voz era muda, y sus oídos sordos. Todo estaba en silencio.

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