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¿Humanidad?

La humanidad poseía demasiados detalles, demasiadas peculiaridades como para poder contemplarlas todas en una vida. Tanto su cara buena como su cara mala. La humanidad era una película continua con alguna pausa en el camino, pero sin ningún fin. Como enfermera, me consideraba una espectadora afortunada de la humanidad. Veía lo bueno y lo malo. La felicidad y la miseria. Dos caras de una misma moneda que no siempre estaba brillante.

La vida en el hospital no era sencilla. Pese a que muchísimas veces veáis a las enfermeras sentada en el control riendo o tomando café, no os imagináis cuánto dolor alberga cada brillo en nuestra mirada. Pero, si se me permite la licencia, la vida extrahospitalaria era mucho más difícil. Trabajar en la ambulancia no es sencillo, ya sea de técnico/a, enfermera/o o médica/o.  Cada aviso supone entrar en una nueva dimensión. El asunto no es pasar de 0 a 100, sino las historias que hay detrás.

Estas líneas se deben a que hoy, quisiera compartir mi guardia con todos ustedes:

A las 08:37 mi compañero y yo (TES y enfermera, es decir, ambulancia de SVB) recibimos un aviso para acudir a un domicilio. Se trata de una anciana con asfixia.  La sirena suena fuertemente mientras las luces iluminan nuestra ruta, hasta llegar a nuestro destino.

Llegamos a casa de María (nombre ficticio) y nos encontramos a una anciana postrada en un sillón, con su vecina. Sus hijos no se sabe dónde están. Mientras mi compañero mira su historia clínica, valoro a María (sí, los enfermeros saben hacer valoraciones). Tomo sus constante vitales y recorro su cuerpo con mis ojos. ¿Observo la gran tristeza que alberga en su corazón?  Entrando en tecnicismos, María presenta  un patrón respiratorio ineficaz, un deterioro de la mucosa oral y un deterioro de la comunicación verbal (sí, los enfermeros diagnosticamos. De hecho tenemos nuestros propios diagnósticos); pido autorización al médico de sala para la administración de oxigenoterapia… Los ojos de María hablan.

Por suerte, no suena el teléfono para otro aviso y puedo tomarme tiempo para hablar con ella tras empezar su mejoría. No puede evitar emocionarse al ver que alguien le presta atención. La historia de su familia es dura, como la de otras muchas familias. Familias que se ven obligadas a dejar a un lado a sus padres para  poder trabajar en condiciones que rozan la esclavitud y les apagan la vida. Sin tiempo ni dinero para ocuparse de ellos, ni dejarlos al menos en una residencia. María es viuda, está sola y, salvo por la caridad de su vecina, no tiene a nadie más. Afronta valientemente el cansancio, la desolación y el dolor de su enfermedad. No siente un ápice de esperanza.

Mientras escucho activamente a María, no puedo evitar abrazarla. Vuelve a sonar el teléfono. Debo irme. Tras dejar las indicaciones por escrito y explicarlas a su vecina, me subo en la ambulancia con el corazón partido. Mientras salgo por la puerta, María vuelve a darme las gracias por hacerla feliz por un rato; pese a todo su dolor.

Mientras suena el estruendo de la sirena, mi cabeza se prepara para cambiar el chip para el nuevo paciente. No puedo evitar preguntarme: ¿en qué clase de seres humanos nos estamos convirtiendo? ¿qué clase de mundo estamos creando cuando por necesidad dejamos a los nuestros a un lado? ¿En qué clase de personas nos estamos convirtiendo cuando dejamos a un alma rota seguir resquebrajándose?

Vivimos tan obcecados en producir que nos olvidamos de vivir, sin darnos cuenta de que repetimos un modelo que a la larga se vuelve en nuestra contra.

Nueva parada: incendio moderado-leve. Dos niños solos en casa, no se sabe dónde están los padres. Los bomberos consiguen sacarlos y son atendidos en la ambulancia. Presentan leve letargo e intoxicación. Tras autorización médica, se administra oxigenoterapia. Tienen 7 y 5 años respectivamente. Cuando se calman y sus constantes se estabilizan (no están graves), esperamos a que algún policía custodie a los menores y nos acompañen. Cuentan su historia. Sus padres se han divorciado, no saben nada de su papá y su madre trabaja todo el día para poder darles de comer. El mayor cría a su hermano como puede. El incendio ha sido al poner el brasero. Se abrazan a nosotros y lloran, porque han pasado mucho miedo, porque echan de menos a su madre. Madre que no ha podido salir del trabajo para atender a sus hijos. Tras venir otra ambulancia para el traslado, se les deja en el hospital.

Esta vez no vuelve a sonar el teléfono, regreso a la base.

Tengo todo el tiempo del mundo para revivir la situación y ver que el caso de aquellos niños no es diferente al de María. Viven con la soledad, viven con la peor cara de la humanidad.  Viven en la miseria afectiva porque sus seres queridos no tienen tiempo material para estar con ellos. Sufren las consecuencias de la precariedad laboral, de la esclavitud en la que vivimos… Y al mundo le da igual.

Lo triste es que casos así hay millones y millones, somos conscientes de ellos pero no hacemos nada. No hacemos nada porque no nos movemos por esas personas que nos necesitan, no hacemos nada por nosotros mismos. No exigimos que nos traten dignamente, sino que nos dejamos exprimir.

Luego hablamos de derechos humanos, de humanización, de caridad. Apelamos a la bondad cuando la estamos asfixiando, estrangulando y dejándola crítica.  Vivimos en una crisis moral en la que nos estamos olvidando de lo que de verdad importa y no nos damos cuenta. No queremos darnos cuenta.

A veces pierdo la fe en la vida en general, preguntándome si en vez de humanidad no deberíamos llamarnos cabrones. Luego, recuerdo el abrazo de los niños o la mano cogida de María y sé que debo de seguir, aunque sea una lucha en solitario no debo de contagiarme. Debo vivir, aprender de esto y sacar tiempo para los míos.

Escribo todo esto para ayudarte a que te des cuenta de lo que tienes al lado. Para que no reacciones demasiado tarde y para que vivas en tus propias carnes, lo grande y maravillosa que puede ser la humanidad cuando la dejamos salir.

Vuelve a sonar el teléfono. Empieza una nueva historia y mantengo la esperanza de encontrarme con algo que me reafirme en mi creencia de creer en la humanidad.

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3 comentarios

  1. Desgraciadamente es así. Y no hace falta que se pongan enfermos o que les suceda cualquier desgracia, es que están ahí, solos sin nadie y a los que puedes alegrar con tan solo unas palabras, una mirada o el más mínimo gesto de cariño, nada más que eso. Feliz sábado.

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