Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Tintazul21 (República Dominicana)

El calor de un corazón

Ella es de esas mujeres que fulminan con la mirada y muestran un poco del infierno cuando se enojan, pero si sonríen dejan ver en cada uno de sus dientes un pedacito de cielo, que puede brillar o extinguirse al instante, una sonrisa tan hermosa y sincera que embrujó al Sol.

Una tarde de verano ella se detuvo en la panadería frente al parque donde el Astro Rey se divertía en derretir helados. Mientras hablaba con el dependiente sobre las casualidades de la vida, soltó una de esas carcajadas fuertes e incontrolables, llamando de esta manera la atención de la esfera brillante del cielo. Desde ese día el Sol se enamoró de su cara de niña, de su caminar pausado y constante, de cada una de sus expresiones, de sus palabras profundas y a veces irritantes, de su personalidad rebozante de locura y su pelo rizo.

Se dedicó a seguirla a todas partes para admirar su belleza, incluso cuando llovía se escondía tras las nubes de tormenta revelando siempre uno de sus rayos y así su fijación se fue haciendo más y más honda, olvidando que los astros poco tienen que ver con los humanos. Ella, ajena a todo el drama de la estrella, vivía como una chica normal, envuelta en la cotidianidad de una isla caribeña donde los sueños son la esperanza de los que sufren.

Una noche, en que la Luna lucía esplendorosa, conoció a un muchacho en una fiesta y no pararon de bailar hasta el amanecer, cuando el sol los descubrió en medio de un beso, cálido y dulce. Al astro se le rompió en pedazos eso que no sabía que tenía; ese órgano molesto y complicado donde se sienten todas las emociones fuertes, que tiene la fortaleza para reconstruirse después de mil derrotas, pero llora ante cada pérdida: eso que llamamos corazón.

Como cualquier amante celoso, el sol intentó vengarse lentamente enviando un rayo directo a la cara del “intruso” de vez en cuando, calentando infernalmente el agua del edificio donde él vivía a mitad del verano, azotándole cada vez que él iba a la playa… Las estrellas confusas no podían entender este comportamiento que afectaba a todos los habitantes del planeta que debían cuidar, no solo al chico que le estorbaba.

Ellas junto a la Luna lo convencieron de reducir el calor, pues los polos terrestres empezaban a derretirse de manera descontrolada y, de seguir así, todos los humanos del archipiélago antillano morirían, incluyéndola a ella. Resignado, el Sol se contuvo, aunque a veces estallaba en rabia y no se podía controlar.

Así pasaron los años y llegó el día en que ella finalmente se casó. Los meteorólogos pronosticaron lluvia para esa fecha y no se equivocaron, no paró de llover. El Sol se escondió por tres días cuando nuevamente la Luna intervino y le convenció de volver, después de todo el amor de una estrella hacia un mortal era una locura, simplemente funcionaba si era platónico y para serlo, él debía dejar de pretender que ella era suya y dejarla volar.

Y así muere el sol cada tarde, sin ella, solo entre miles de estrellas, para nacer de nuevo cada mañana calentando con un beso las mejillas de aquella que no se da cuenta de su amor…

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