Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía María Reig (España)

Mitos y leyendas 2.0

Mi ordenador y yo estamos pasando por un momento difícil en nuestra relación. Debo advertir, en primer lugar, que nunca logré comprender muy bien a su género (con el IPod llevo dos meses sin hablarme). El caso es que, a medida que pasan los días, mi resquemor va en aumento. No es que sea nada personal, entendedme, solo quiero quemarlo, darle con un martillo hasta en la memoria RAM y tirarlo por la ventana a ver si se le estallan las malditas cookies (que, por cierto, ignoro qué son exactamente).

Diseñado por Freepik
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La cuestión es que ya me ha pasado con anteriores relaciones (con ordenadores, digo). Al principio todo es magnífico. Llegué a la sección de electrónica de El Corte Inglés (recordadme que pida presupuesto por publicidad gratuita) y observé la cantidad de tipos, colores, formas, grosores y tamaños de ordenadores que se extendían ante mí. Disimuladamente, eché un vistazo al expositor de los Macintosh (o Apple).

Después de tener un mini infartito al descubrir el precio, puse cara de “no, si no me lo planteo porque yo soy más de Windows. Soy campechana”. Me resultó familiar porque ya había utilizado esa expresión antes, en la sección de telefonía móvil. Fue aquel fatídico día en que me compré mi supuesto teléfono inteligente que funciona casi igual que el coche de Pedro Picapiedra.

Cuando ya asumí mis posibilidades y me centré en las marcas asequibles para un bolsillo normalito, apareció ese amable vendedor. Comenzó a hablarme de tecnicismos de los que no tenía ni idea mientras yo asentía con la cabeza para no parecer vulnerable. No obstante, en lo más profundo solo tenía ganas de llorar, sabiéndome ignorante, y de gritarle: “¿Me lo puedes repetir en cristiano?”.

Finalmente, me decidí por el modelo más bonito de todos. Sí, porque si no sabes de algo, la mejor solución es cogerte el que mejor pinta tiene. Yo sigo el mismo criterio que si me fuera a comprar una vaca a la granja de al lado: me llevo lo más majo que, así, si no funciona, por lo menos me sirve de decoración.

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Con la experiencia se supone que debería aprender de esto, pero eso solo son suposiciones. Yo soy carne de marketing trampa. El caso es que escogí a mi querido ordenador. Muy bonito, por cierto. Todos son geniales al principio. El teclado, la pantalla, el w… ¡Espera! ¿Enserio? ¿No hay Word? ¿No hay Power Point? ¿Ni Excel? ¿Para qué demonios he pagado 700 euros? ¿Para hacer dibujos en el Paint? Era el segundo día y nuestra relación ya iba de mal en peor.

A partir de entonces, ya comenzó a hacer las típicas cosas que los humanos odiamos de los ordenadores. Se conecta a Internet cuando quiere, me lanza mensajes incomprensibles acerca del antivirus (mando un saludo desde aquí al que ideó lo de avisarme a gritos), virus, troyanos, cuarentenas, actualizaciones… Sí, porque lo de las actualizaciones es otro aspecto que me irrita de él. La ley de la actualización es inversamente proporcional a la prisa que yo tenga: si necesito ir rápido, hay 948 y tardan nueve días y nueve noches; si tengo todo el tiempo del mundo, no hay ninguna y se enciende o apaga en dos microsegundos. El caso es que yo, pobre analfabeta tecnológica, me trago las 948 y, llamadme rara, pero no noto la diferencia.

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Otra de sus manías es mantenerme al borde del síncope cuando estoy haciendo algo importante. Y es que el teclado está hecho para manos expertas que nunca, nunca, nunca, se equivocan al tocar una combinación de teclas que en mi mente es un intento de escribir “alcachofa” y en la mente del ordenador es: ALT + F4 + CONTROL + P. O, lo que es lo mismo, “voy a hacer como que me cierro y se pierde el documento, a ver si grita”. Y grito. Alto. Claro. Grito al ordenador, aunque mis vecinos tienen otras teorías…

Y es que, la reacción natural del humano hacia su ordenador es como si imaginara que hay unos hombrecillos dentro que deciden su suerte. El primer impulso es algo así como: “¡Te voy a matar, maldito bastardo! ¡Me has destrozado la vida!”.

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El segundo es dar golpes. Esta técnica infalible ha sido empleada desde el inicio de la historia de la humanidad con… con… con los troncos…, hasta con la máquina de escribir cuando le apetecía que una tecla se quedase bloqueada casi hasta agujerearte el folio con la poética forma de la letra N, con el vídeo cuando hacía eso de “ale, pues ahora me trago la cinta y no la saco”, con los radio-casetes cuando les daba por “vamos a hacer trenzas con la cinta marrón, vamos a hacer que se haga un nudo, vamos a crear tirabuzones y ya luego que se apañe desenredando el humano, que hoy me he levantado guasón”, y así hasta con el DVD, el MP3, el MP4, el IPod y sí, también con el coche.

La tercera fase es la de negación, repitiendo un “No, no, no”, entre el llanto y el tic nervioso en la cara. Por último, pasamos a la aceptación y acariciamos al ordenador para ver si así (ilusos de nosotros), se apiada y nos devuelve el documento, abre el programa que necesitamos, instala alguna versión ilícita o, simplemente, se enciende.

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Bueno, amigos y amigas, aquí todxs somos adultxs y sabixs, y tenemos muy claro que no todas estas técnicas funcionan. Si ves que después de esto no hay respuesta, toca todas y cada una de las teclas (pero fuerte que si no, no funciona) o mueve rápido el ratón (en plan ninja de la tecnología), que también suele ser muy útil.

Yo, como habréis podido comprobar, me hallo en la fase uno. Los instintos asesinos recorren mi cuerpo al tiempo que insulto a mi ordenador cada vez que tengo ocasión. Él sabe que después van los golpes, así que lleva dos días en plan servicial para no enfadarme. La relación está muy tensa y ambos lo sabemos.

Pero, el verdadero problema es que actualmente guardamos prácticamente el 60% de nuestros recuerdos, nuestro trabajo, nuestros logros… en un gran desconocido. Un enemigo en la sombra del que poco sabemos y ante el que estamos indefensos, a solas con nuestros remedios de la abuela, con nuestros mitos y leyendas versión 2.0. Así que voy a anotar en mis tareas pendientes lo de apuntarme a un curso de Informá (ejem, friqui)… Curso de Informáti (ejem, torpe)… Bueno, eso, que voy a preguntar a un primo mío que sabe mucho de estas cosas y si no…

…voy a ir acercándome a por el bate de béisbol.

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