En aquel mostrador de intenciones, en la trastienda de las miradas furtivas, sin que me diera tiempo a digerirlo, ni olvidarlo, allí mismo, entre sacos de recuerdos y legumbres a granel; sin argucias, sin contemplaciones, sin vanas excusas ni vacilaciones, sonreíste por última vez, displicente y distraída, cerrando definitivamente la cuenta de nuestro amor.
Y dejaste grabado a fuego, en mi piel convaleciente, aquel adiós fortuito que tatuaste de forma perenne, y sin previo aviso, con una condena en vida y un rotundo “no se admiten devoluciones”. Ya no había vuelta atrás y me dabas con las puertas en las narices.
De nada sirvieron mis argumentos ni contrapartidas. Sin obtener el tercer grado, ni alegar mi buena conducta, allí, entre estantes cargados de latas y cristales, mutilaste mis razones y apagaste por siempre el fuego que había en mi interior. Ya no había moneda que pagar, ni números que hacer. Cambiabas, sin el menor atisbo de lástima, la moneda de mi suerte mediante el trueque de mi nítido silencio. Todo se había terminado y la deuda quedaba saldada.
Anaqueles repletos de vacío y papel de estraza, gestos que lo decían todo, besos escondidos y de repente… la nada. No sabía afrontar el destino, todo en mí era duda y balbuceo. La razón desconocida y una pura pasión, que aún latía en deseos. Pero el tiempo había jugado en mi contra y el amor había caducado.
Y al hacer caja, al realizar el recuento de mis heridas y lamentos, comprobé que el alma se me había escapado por las costuras del pecho, abierto en canal. En aquella trastienda, en aquel lugar secreto, terminaba el camino. No veía más allá de aquellas paredes; el dolor se vendía al peso y yo había agotado las existencias.



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