Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Luna Caótica (Colombia)

Torvo (I Parte)

Jhon se quitó la chaqueta y se recostó en el sofá, se retiró los zapatos descuidadamente, dejando a la vista el dedo gordo del pie que sobresalía del roto en su calcetín. Alcanzó su maletín y sacó el libro que había comprado esa misma tarde al anciano de siempre. Ninguno de los libros en su estante era nuevo, acostumbraba a comprarlos de segunda mano, ya que decía que de un libro no importa si su portada está polvorienta y sus hojas amarillentas, solo el contenido de ellas.

Vivía en una casa bastante vieja, por la cual pagaba en un año lo que se debería pagar en un mes, a un viejo italiano que habría regresado a su país porque tenía problemas graves de salud, y tenía la idea antigua de que se debía morir en la tierra que lo vio nacer. Jhon no tenía ningún problema con cualquiera que fueran las condiciones en las que viviera si solo podía tener libros y un trabajo que sostuviera su universidad.

La portada era negra y ni siquiera tenía un autor ni un título, lo cual le llamó la atención y simplemente decidió comprarlo, al preguntar el precio, el hombre lo miró despavorido con los ojos abiertos, al volver en sí,  le dijo que ese libro era especial y que no tendría costo para él. Fue extraño para Jhon, e insistió, pero el viejo solo se dio la vuelta y comenzó a tararear una vieja melodía oscura.

Abrió el libro en la primera página y se rascó la barbilla de esa forma que indica que tienes curiosidad, y luego torpemente lo dejó caer sobre su cara, y al levantarlo notó que en su pecho había un cuadrado blanco sucio que había salido del libro. Le dio la vuelta y era una vieja fotografía Polaroid a blanco y negro, en ella había un círculo en el piso trazado con algún tipo de polvo blanco y sobre el círculo tres flores que parecían de tela, rellenando una quinta parte, quizá, del círculo. Le causó bastante curiosidad, la observó por varios segundos y la colocó sobre la pequeña mesita de sala que estaba al lado del sofá, luego hizo lo mismo con el libro. Se levantó y sin ponerse los zapatos fue a la cocina; en una olla pequeña puso agua y la colocó en la estufa, esperó hasta verla hervir y apagó el fogón. Se agachó y debajo del mesón agarró una caja de tizanas de manzanilla que acostumbraba a tomar cada noche antes de dormir. No cenaba nunca, y en algunas ocasiones despertaba en la mañana y se acostaba al anochecer sin haber probado bocado en el día, pero esto no le importaba, ya que las necesidades físicas eran subjetivas en la vida, según él. Colocó la tizana en un pocillo metálico y con un trapo agarró la olla, vació el agua y volvió a dejar la olla sobre el fogón. Fue a la sala nuevamente y se quedó mientras se enfriaba su té y lo bebía, en tanto miraba la foto entre sus manos. Antes de ponerse a dormir puso la fotografía, seguida del libro, en su maletín. Se levantó, sacó la cobija doblada sobre la que estaba sentado y se volvió a recostar en el mismo sofá, hasta quedarse dormido.

Eran las tres de la mañana y de repente comenzó a caminar por un lugar oscuro, llamado por la dulce risita de una niña pequeña, sin saber de dónde provenía. Era un callejón por donde caminaba, o quizá una calle muy estrecha y oscura, pero por ningún lado miraba el fin. Unos minutos más tarde escuchó la misma voz —«Gracias, Jhon»— y todo se hizo silencio. Ni risas ni voces; solo Jhon mirando al vacío en donde la calle misma se había perdido.

Abrió los ojos y se dio cuenta de que todo fue un sueño. Miró a la mesita en la oscuridad y vio brillando el papel fotográfico cuadrado, al extrañarse se levantó y agarró la foto con su mano zurda, tanteó el maletín y al abrirlo volvió a meter la foto en él.

Dos horas después la alarma del reloj lo despertó, y como cada mañana, se levantó, se duchó, agarró una manzana del refrigerador y tomó un vaso de agua antes de salir de casa.

Aquella noche, cuando iba de regreso recordó que llevaba el libro en el maletín, así que lo descargó de su espalda y sacó el tomo, también la fotografía y la sostuvo en su mano izquierda, volvió a cargar su maleta. Justo cuando estaba empezando a abrirlo sintió un choque más o menos fuerte, al levantar la cabeza vio a una mujer anciana, la foto se había caído y ella la miraba amedrentada y sus ojos a la luz del alumbrado público se veían totalmente blancos. —Discúlpeme, señora, ha sido mi culpa, iba distraído—, dijo Jhon mientras agarró el hombro de la mujer en forma de excusa. Ella empezó a pronunciar palabras en algún idioma que él no conocía, y continuaba mirando la foto exaltada —el sótano—, dijo mirando fijamente a los ojos a Jhon. —¿De qué habla, señora? No sé a qué se refiere—. Se agachó para recoger la foto, aún con el libro en la mano y al levantarse estaba solo. Miró a todos lados pero no había nadie, la mujer había desaparecido por completo. Continuó su trayecto, pero prefirió no leer aquel libro, ni siquiera abrirlo, de camino a casa.

Al llegar hizo lo mismo que la noche anterior, se quitó la chaqueta, los zapatos y, en esta ocasión se sentó en el sofá, en vez de recostarse en él. Se acomodó colocando las manos sosteniendo su barbilla y encorvó la espalda hacia delante, como la obra conocida “El Pensador”. Miraba a la nada, pero meditaba sobre aquello extraño que le sucedió, y se preguntaba cómo esa mujer pudo desaparecer tan rápidamente en aquella calle vacía. Luego recordó sus palabras: “él sótano”, había dicho, y él miró hacia la puerta cerrada que llevaba al éste, pero lo ignoró un momento después y esta noche se fue a dormir sin siquiera tomar su té de manzanilla.

La dulce voz volvió a escucharse en el vacío, y Jhon se empinó y vio en su reloj de mesa las tres de la mañana. La voz provenía del sótano, cantaba una canción infantil, pero era casi imposible para Jhon reconocer las palabras que decía. Se levantó del sofá y se dirigió a la puerta y de repente esta estaba abierta, miró escaleras abajo y la oscuridad se lo comía todo, pero la vocecita permanecía y de repente llamó —Jhon, aquí—, y él bajó pero seguía sin ver nada. —Jhon, Jhon— mientras la voz se engrosaba ferozmente: —JHON—. Y Jhon abrió los ojos sobresaltado, y extrañamente él estaba sentado en el sofá, con la espalda estrictamente erguida y su cuello rígido mirando hacia el frente. No podía moverse, no tenía control sobre sí. Tan solo sus ojos podía mover, y vio en plena oscuridad, salir una silueta blanca de la pared. Era pequeña y parecía llevar un vestidito. Pasó corriendo y se perdió en la pared contraria.

Sonó el reloj en la mesa y Jhon se destapó la cara, se levantó del sofá y el sol atravesando las cortinas provocó que volviera a cubrirse el rostro con el brazo. Era domingo por la mañana; se alzó y movió la cortina para entreabrirla, luego fue hacia la cocina e hirvió agua. Fue al sofá con el mismo pocillo metálico en la mano, y sacó la Polaroid de su maletín. Al tomarla en la mano derecha le puso los ojos encima, y con la otra levantó el pocillo hacia su boca y bebió un bocado. Eran como las once, casi el mediodía. Decidió recostarse en el sofá sin quitarle los ojos a la fotografía, volvió a mirar detalladamente las flores, un tanto peculiares en el círculo blanco, sin saber por qué aquella imagen le causaba tanta curiosidad. Las tres flores estaban juntas completando un poco más de un quinto del círculo. Alrededor no había nada. Agachó el torso hacia el lado del maletín, dejando la fotografía sobre su pectoral y con la misma mano que la sostenía agarró el morral y sacó el libro, luego volvió a dejarlo en el suelo. La casa tenía piso de madera y las paredes blancas estaban demasiado sucias y manchadas. No había ni una sola habitación en ella, pero sí había una señal de que una puerta había existido al frente de la principal. Justo detrás del sofá, sin embargo, al ver fuera de la casa podría notarse de que esa puerta no llevaba a ningún lado, así que quizá sería alguna clase de puerta trasera de la vivienda, porque no había huella de que hubiese otra construcción allí antes. La señal de dicha puerta no estaba ni siquiera reconstruida con cemento o ladrillos, tan solo madera triplex y estaba pintado del mismo tono de la pared. Escuchó un ligerísimo golpe en ella, cuando miró en esa dirección notó que las manchas de mugre habían dejado un círculo de la pintura blanca en el centro de la “puerta”. Volvió la vista hacía  la fotografía en su pecho y la agarró, apuntó con ella en dirección de la señal, con gesto de comparación, y lo dejó así varios segundos. En ese instante recordó el suceso extraño con la mujer anciana de la noche anterior; “El sótano” había dicho, y él redirigió la mirada hacia la puerta del este, e hizo una mueca de duda con la boca, pero omitió el recuerdo demasiado rápido y nuevamente miró la fotografía con detenimiento. Se sentó en el sofá, encorvando la espalda hacia el frente y agarró el libro entre las manos y lo abrió en la tercera hoja, en donde iniciaban las letras y vio que de la misma forma en que no había un título ni autor, tampoco había número de página. Comenzó a leer:

“La persona indicada en el sitio correcto es lo que hace falta para crear una buena historia, o para continuar con una, Jhon.”

Quedó perplejo con la coincidencia del nombre del que parece el personaje principal de la historia o lo que sea que fuese a relatar ese libro. No había más qué leer en esta página, así que pasó la hoja hacia la siguiente página.

A primera vista notó que el libro estaba escrito, quizá, en otro idioma. No había demasiado que leer, ojeó el libro y todas sus letras eran grandes, quizá cabrían diez cortas líneas en una página, aunque el libro no medía más de veinte centímetros de largo con unos diez de ancho.

“Nohj, oserger ayah on euq ed setna séver la orbil etse reel sayulcnoc euq oripsa y, íuqa revlov noreicih em euq ne amrof al euf. Naíer soñin sol. Oleus le erbos reac, selibed, ergnas ed satog sal rahcucse edup euq amrof lat ed ózidugaes odío im y ratorb ergnas al ítnes; olleuc im ed datim al ne otsuj noravalc es, sorefse ed ajac al ne otreiba odajed aíbah etnemadadiucsed euq írutsib le y sorecipal, secipál sol y, áfos led odal a asem al erbos otsuj émolpsed em, eac la y asiper al artnoc azebac im eeplog, élabser oleus le ne eip un renop la, abaelatap oy asrtneim ím ed etrap anu ómot onu adac ogeul. Norahcnih es sanev sal y éfac esrev a ózepme enrac im, ócot em onu odnauc, sorbil ed asiper al a otnuj noraedor em soñin sol.”

Ojeó línea por línea, cada letra, como si estuviese leyendo en realidad, intentó interpretar de alguna forma todas esas palabras. Pensó que el viejo le había engañado y por eso le dejó llevarse ese libro sin pagar, porque estaba en otro idioma que, claro, no conocía, aun así, estando entretenido en ello, escuchó un fuerte golpe en el sótano y miró inmediatamente por reflejos, y hubo varias risas, pero en esta ocasión no eran dulces e inocentes, sino que eran maliciosas y fuertes. —Jhon, ¡Jhon!—, mientras continuaban las carcajadas. Él agarró un gran bisturí que tenía en la cajita de esferos, justo en la mesa junto al sofá, se levantó de él y se dirigió de forma lenta, tímida, hacia la puerta del sótano. Al abrir, como era de esperarse, todo estaba a oscuras, bajó las escaleras, mirando a todos lados, y sabía que allí solo había cajas vacías, eran las que usó para el trasteo a esa casa. Siguió caminando en círculos, y en eso topó el pie con una caja, pequeña, pero pesada. Miró hacia ella y la agarró, y se pasmó porque estaba seguro de no haberla dejado antes ahí. La agarró entre los brazos y salió corriendo del sitio, cerró de un portazo y fue directo al sofá.

Estaba muy empolvada, pero sólo dio un ligero soplo y procedió a abrirla. Al hacerlo vio varios documentos dentro, un par de libros, uno poco más grande que el otro y por último, debajo de todo ello, un manojo de fotografías, quizá unas siete, todas Polaroid a blanco y negro, tal como la que encontró en el libro de lenguajes extraños. Las levantó y curioseó, luego empezó a observarlas una por una; estas tenían algo en común: diez niños, los mismos rostros en todas, diferentes lugares, en algunas, sentados y otras de pie, pero eran los mismos diez niños y el mismo vestuario, y todos ellos con una pequeña florecilla en la parte izquierda del pecho. Buscó rápidamente la fotografía del libro, entonces se dio cuenta de que esas rosas del círculo blanco eran iguales a las de la ropa de los pequeños. Estaba impresionado de aquella otra coincidencia. Eran ya como las dos de la tarde y sintió hambre. Se puso los zapatos, se levantó y agarró la chaqueta, abrió la puerta mientras se la ponía y salió en busca de comida.

De regreso a casa tuvo curiosidad, ya que recordó la puerta de triplex que había detrás de su sofá. Caminó hacia detrás de la casa, la pared blanca, manchada, estaba intacta, y de ninguna manera manifestaba haber existido una antigua puerta ahí. Tocó la pared, a manoteos, con duda y con los ojos muy abiertos, golpeó e hizo el oído cerca para escuchar su sonido, luego se apartó y miró a el muro, perplejo. Se quedó así unos dos minutos, luego volteó y miró a la mujer de la calle observándolo desde lejos, él, inseguro, caminó hacia la parte delantera de la casa sin quitarle los ojos a la mujer.

Cuando entró, lo hizo lo más rápido posible, cerró la puerta, y todo se oscureció, las cortinas estaban cerradas, pero aun así debería pasar luz hacia el interior, sin embargo esta vez no lo hacía. Todo estaba absolutamente oscuro. Luego volvió hacia la puerta e intentó abrirla, pero esta tenía el seguro puesto, sacó las llaves de su bolsillo, estaba nervioso y no logró encontrar el ojo de la cerradura, entonces las llaves cayeron; emitió un gemido de ira y guiándose con las manos se dirigió hacia la cocina. Estando allí buscó, a forma de ensayo y error, una lámpara de petróleo debajo del mesón, la encendió y fue otra vez hacia la puerta. Estaba desesperado. Buscó las llaves con la luz de la lámpara, pero no estaban por ningún lado. Por lo tanto fue hacia la señal rectangular detrás de su sofá, y la golpeó fuerte, entonces en los mismos tanteos caminó quizá dos pasos a la izquierda, y a ciegas sacó un martillo de su caja de herramientas. Nuevamente frente a la señal, comenzó a azotar el martillo contra ella, a improviso, buscando tumbarla para poder salir. Al abrir el primer roto, debía estar la pared que al parecer sí había sido construida en la parte trasera, pero no veía nada. Siguió tumbado, le aterraba estar dentro. Cuando hubo de romper un espacio suficientemente grande como para él poder pasar, lo hizo. Tiró el martillo al suelo, completamente sorprendido y con chorros de temor entrándole hasta por los oídos, cuando al voltear advirtió una gran habitación y no tuvo más vista que ocho pequeños, vestidos de color blanco, que aun inmersos en la oscuridad, lograba, por alguna razón, reconocer sus rostros. Sabía que ya los conocía, un par de horas antes los había visto en las fotos de la caja, pero, sabía algo aún más desmesurado que esto: ellos lo conocían.

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