Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía L'Amoureuse (Colombia)

Miradas en las calles

Me han dicho que mentía, que no era un acosador y que estaba exagerando las cosas. No consideraban que fuese un caso relevante ni mucho menos uno que deba tener protesta alguna, puesto que lo social está estrictamente legislado y así debe ser.

Carmencita me llamo y provengo de un barrio marginado que el país desconoce totalmente. Aquí andan siempre los caifanes que muerden y ya nunca sueltan, aquí andan siempre esos gallinazos que observan mejor que un etnógrafo. Ni olvidar a los carniceros, esos que toman las mejores partes como los muslos, las caderas anchas y los senos rebosantes, los que con sus propios ojos de sed cometen canibalismo.

Yo soy pues  una mujer con dos hijos que mantener y mi trabajo es el de mesera en un restaurante poco refinado. Es mal pagado y hasta altas horas de la noche. No puedo quejarme ni puedo discutir frente a un jefe que estuvo expuesto en su infancia ante una hegemonía patriarcal. Los regaños injustos por parte de mi supervisor no paran. Las miradas repugnantes de los clientes no se detienen a pensar si está éticamente bien que me ojeen de esa forma. Ya se imaginará el lector cómo es mi aspecto ensordecedor de mujer calmada y pocas curvas, o así creí yo que era —o lo suficiente como para no atraer a los buitres que merodean en las calles—.

Y no, no se vaya a equivocar usted, mi buen amigo. Existen hombres buenos, pero los ignorantes, los que consideran que está bien comerme con un “mamacita” o “cosa deliciosa” hacen de mi cuerpo una especie de banquete que nunca ha sido puesto en bandeja y ha sido sexualizado durante décadas.

Mi vida ha sido complicada, he nacido negra y mujer. Y Aquí, en esta caverna de mala muerte soy la maldición que no deja de preguntarse qué ha hecho mal como para ser tratada de una manera tan nefasta. Mi horario laboral abarca más de las nueve horas y recibo poco menos del mínimo, es lo que se merece una mujer de color, según mi jefe.

Es un viernes y he acabado mi jornada muy tarde. Me dirijo a  casa para encontrarme con mis dos pequeños que ya deben estar dormidos. José, el mayor de trece años es quien cuida de Jorge, mi niñito de cuatro. Han sido varias semanas en las que he sentido extrañas miradas en las calles. Le he contado a mi madre, que vive con nosotros, pero no me hace caso y dice que son patrañas mías y que debo estar calmada, que esa sensación pasará y dejaré de sentirme así.

Asustada recorro un callejón vacío. Veo muchísima luz y no debería haber miedo pero… suena una melodía intensa y horrorosa. Hay un hombre extraño en la esquina y con una botella de ron en la mano derecha. Le miro e inmediatamente me doy vuelta y camino rápido. El hombre grita: “¡Muñeca, te he estado esperando!”. Agitada y con la adrenalina en mi cabeza corro y pido auxilio —nadie acude—.

Sale en el periódico de este sábado: “Mujer ha sido violada y apuñalada múltiples veces, no hay testigos, no hay quién sea sospechoso”. Solo quedan dos sonrisas huérfanas en un hogar donde una madre ya no volverá.

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2 comentarios

    1. ¡Muchas gracias, Victor! La peor gente es la que no hace nada ante lo injusto. Quizá sea una manera mínima de transformar pensamientos, de hacer mirar al otro desde mí, de un yo mujer. Que esto ocurre cada día y nadie hace nada. Este es un suspiro que pide igualdad.

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