Cuentos/Relatos Elvira Lorenzo López (España) Escritores de Letras & Poesía

En unas horas… (III)

Mientras bajaba del coche, escribió un mensaje a su hermano para saber dónde se encontraba: al cruzar el umbral de la puerta de cristal, que se abrió al detectar su movimiento, los vio. Estaba el mayor con unos tíos, ella era hermana de su madre. Sus caras se mostraban serias, solemnes… La tensión afloraba en cada pliegue de la piel, pero todo… se guardaba dentro. La figura de su madre siempre solucionaba los ambientes enrarecidos o tensos que habían vivido en torno al enfermo. Faltaba ella.
La amiga se quedó en un segundo plano. Permaneció hasta la marcha de la familia reunida, dos o tres horas más tarde, por si necesitaban algo.

El hermano que le había dado la noticia en ese momento no estaba, y el mayor condujo a su hermana pequeña hasta el box donde se encontraba su padre. Al pasar por un mostrador, vio unas caras ensombrecidas por la escasa luz: médicos jóvenes que miraban con lástima. A ella no le gustaba ser objeto de esas miradas, pero pensó que uno de aquellos rostros pertenecería al compañero de su amiga, el que la había advertido. Dio las gracias en silencio a todos. No fue capaz de averiguar quién le había ayudado a llegar. Continúa siendo un secreto.

Corrieron una pesada cortina gris de plástico, y ahí estaba. Pálido, con el torso levemente girado sobre su costado derecho, la boca abierta y tensa. La muerte lo sorprendió entre las últimas esforzadas inspiraciones que le provocaron un sufrimiento inconsciente que quedó reflejado en su retorcida mueca.
Murió sin saber que se moría, sufriendo sin conocer qué le provocaba el dolor.
Los ojos de ella dejaron escapar lágrimas intermitentes, aunque seguía sin reaccionar. Salieron. Los ojos de su hermano mayor se hallaban vidriosos, pero se esforzaba por mantenerse sereno.

—Me voy a buscar a mamá al aeropuerto.

Se marchó. El otro hermano, que había reaparecido, ella y sus tíos permanecieron a la espera en el vestíbulo. Ana, cerca. Estuvieron hablando. Ella volvió a entrar en un momento dado: ya habían cubierto con una funda el cuerpo inerte de su padre. Él no quiso que su hermana viese su estado, y a esta le salió media sonrisa al pensar que había llegado un poco tarde, aunque lo agradecía. Le observaba de reojo continuamente: se llevaba el puño derecho a la boca de vez en cuando, encerrando aún lo que había vivido. Ver las últimas inspiraciones de su padre.

Pasaron los minutos, y en torno a la una de la madrugada la puerta deslizante volvió a susurrar. Entraron su madre y su hijo mayor. Al verla, un nuevo estallido que escocía apareció en su pecho… Trató de reprimirlo, y abrazó a su madre. Ella, cimiento fuerte de todos. Ella, había guardado para sí sus sufrimientos para no agrandar los de sus hijos. Ella que se había mostrado siempre incólume. Ella, que había sido padre y madre simultáneamente…, se dejó abrazar.

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