El amor tiene fecha de caducidad.
Muchas veces no está explícita en el empaque, sin embargo siempre aparece en los costados de las mentiras, en el ocaso de las infidelidades, en la esquina de la rutina que mata la pasión, allí donde todo lo malo se funde para despertar a un monstruo peor.
El amor tiene fecha de caducidad.
No importa si has tenido mil vidas junto a una persona, si has trazado tu ruta hacia el futuro en las palmas de sus manos, si curaste sus heridas abiertas o aguantaste cuchillos en su nombre, ni cuántas noches has calentado tu corazón con el suyo.
El amor tiene fecha de caducidad.
Y no la detiene ni el tiempo ni las risas ni las miradas infinitas entre uno y otro, ni el silencio inundado de gemidos, ni el roce perfecto de unas caricias anheladas. No lo frena ni el deseo de coexistir que se queda en el pecho cuando se recuesta sobre él el dueño de tus promesas.
El amor tiene fecha de caducidad.
Se añeja y se disuelve, se evapora y se pudre entre los versos de un mal poema bañado en ron y tristeza, en besos vacíos y huecos de sentido. Vuelve tóxico el espacio en el que una vez solo hubo felicidad a costa suya, derritiendo el poco respeto que sobra y sacando la basura de todos los años que se guardaba en los rincones más ocultos de la paciencia.
El amor tiene fecha de caducidad.
Sangran los poros de la memoria cuando el recuerdo bulle en la superficie del alma y hace derramar lágrimas tan espesas que se confunden con la miel del agridulce pasado plasmado en una foto escondida, de un vídeo o un audio enviado alguna vez cuando el tiempo era favorable y carecía de tormentas.
El amor tiene fecha de caducidad.
Es una frase de dominio púbico, dolorosamente real como una estacada en el pecho, como cada mordisco de realidad que es necesario después de cualquier fantasía. Sabe agrio al paladar, pero es parte de la vida que decide renovar los ciclos luego de destruir la etapa anterior.
El amor tiene fecha de caducidad.
Pero alguien llega, se cuela en la ilusión de sobrevivir para siempre y la esperanza hace callar a la voz de la cabeza que se queja y se abstiene de revelar de los verdaderos sentimientos, y duerme con nostalgia a esa fatalidad que amenaza con cerrar las puertas a una nueva oportunidad.
El amor tiene fecha de caducidad y aún sabiendo esto, seguimos siendo necios y decidimos intentarlo una vez más.



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