Con las manos arrugadas me llenaste de memorias,
cada pliegue, cada marca, me invitaba a soñar.
Eran tus historias, aquellas que pasaron por una vida ya lejana;
eran el desafío a la gravedad del tiempo, negándose a caer.
Con mucha atención las escuchaba
como quien oye el rumor del viento,
como quien palpa el sonido del corazón
con el pecho.
No entendía en su momento
los soldados, las canciones, la llovizna.
Tampoco sabía de lamentos,
mucho menos del rocío.
Cuánto ha pasado desde entonces,
un follaje de otoños compartidos
y la promesa de haber tenido…
tus manos arrugadas.



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