Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Víctor Chamizo Sánchez (España)

Asesinatos consentidos. I parte (Invierno)

Sobre el blanco suelo de la nieve del parque, yacía el cadáver de un hombre joven. Una enorme mancha roja nacía bajo el cuerpo y se difuminaba en un rosa cada vez más pálido, hacia el exterior. El frío conservaba perfectamente las facciones del individuo.

El inspector cruzó la banda de plástico de color amarillo que la policía había instalado en un radio aproximado de cinco metros, aunque pareciera innecesario, dada la avanzada hora de la noche y el frío extremo que reinaba en los jardines.

—¿Han hecho fotos? —espetó a uno de los agentes.

—Sí, inspector, desde todos los ángulos.

—Bien, ¿cuánto tardarán el juez y el forense?, aquí no se puede estar mucho tiempo, si no queremos acabar como él. —Señaló el cuerpo yacente sobre la nieve helada.

—Están de camino, inspector.

Apenas había pronunciado aquellas palabras, cuando en la distancia unos parpadeos azules inundaron la amplitud del espacio. Se escuchó el sonido sordo de la portezuela cuando encajó en su marco, y luego el sonido de un motor en la lejanía, y un nuevo destello de parpadeos azulados.

—¿De qué se trata? —El juez de guardia hablaba con voz cansina, como si le molestase estar allí en ese momento.

—Parece un asesinato —indicó el inspector—, pero hasta que no llegue el forense no podemos afirmar nada.

Un individuo grueso se acercó jadeando hacia donde se encontraban el inspector, el juez y los agentes.

—¿Qué ha sido esta vez? —inquirió, con la respiración entrecortada.

—Ahí tiene usted el cuerpo, es suyo ahora —dijo, tajante, el inspector.

El forense se acercó al cadáver, y solicitó ayuda para darle la vuelta.

—¿Se ha peinado la zona? —preguntó, entretanto, el inspector a uno de los policías.

—Por supuesto, en toda la zona acordonada.

—¿Y?

—Nada, inspector, está todo limpio.

—Bien, voy a dar una vuelta. Tal vez se haya escapado algo.

El inspector se entretuvo buena parte del tiempo recorriendo el interior del círculo acordonado, iluminando con una potente linterna el suelo, los arbustos, los bancos de madera. Era realmente difícil que pudiese escaparse algún detalle sobre aquel blanco inmaculado y virgen. Se acercó por último hacia el muchacho, yacente boca arriba sobre la nieve, y que el forense inspeccionaba con atención. Apenas a un par de metros emergía de la tierra el grueso tronco de un árbol que el invierno se había esmerado en dejar en el esqueleto. Lo enfocó con su linterna e instantáneamente su mirada se detuvo ante algo, que desde aquella distancia no le pareció propio de un elemento gestado por la naturaleza.

—Existe una incisión de arma blanca. Es profunda. A este muchacho lo han matado, no hay duda —indicó el forense, dirigiendo hacia el inspector la mirada—; no obstante, tras el examen exhaustivo en el depósito podré ofrecerle más detalles.

El inspector continuó en su aproximación hacia el tronco del árbol, mientras el juez concluía de levantar el atestado, y se frotaba las manos, ateridas de frío.

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