Mi personal gélido octubre congela mi mente
con la idea de que no tantas tardes atrás
tú preparabas una ensalada bomba.
Digo esto porque tenía tantos, tantos
ingredientes que su sabor era la premonición
de que lo nuestro iba a estallar.
«¿Qué nuestro?» —susurra el viento.
Preguntaste si me gustaba la granada
y exploté
porque una en tu nevera hace un año guardé,
ahora comprendo que es mi corazón
que se enfrío ya por aquel entonces
y, de pronto, lo coges
y no lo derrites
sino
que le clavas un cuchillo que son tus palabras
y, ¡ah!, ¡cómo sangra!
Se han derramado todos los sentimientos con sucio plasma
que me obligas a comer.
Le das la vuelta a todo
de tal manera que me mareo y
me autoproclamo loca
cuando eres tú el que tiene un arma en la boca
hasta que cierro mis pestañas
para viajar al centro del universo
y observar con perspectiva
la escena del crimen más pasional.
Quién me diría a mí
que esa noche cenamos juntos
porque me viste vestida de blanco
y un sentimiento que creías enterrado de pronto te cantó.
Ahora ese es el color de mi cara
pues estoy muerta en vida
y de nada me sirve la brisa de sal.
Ignoré que ya vivíamos en una distopía
cuando se juntaban tu alma y la mía
y descarrilaban.
Ya ni la luna quería hacernos de guía;
entre llantos le suplicaba a Lorca
que no le forzara a ser nuestra ventana
por eso el accidente lo sufrieron:
mis amigas al tener que estudiar psicología
para comprender qué les sucedía a mis tristes y poetas manos;
tus amigos,
al de pronto verme con ellos
y luego no
aunque me tuvieran en frente;
pero, sobre todo
y, desgraciadamente, sobre mí;
tu madre,
al prestarme su abrigo
cuando percibió mi temblor
y se lo devolví con abolenga casquería.
Ya replica el timbre la ambulancia
y otra vez me agarran a mí
y yo, agotada, les insisto:
«Pero ¿otra vez así?,
¿es que acaso no ven
que el gitano del látigo en los ojos es él?»
«Sí, pero a ti te vamos a regalar un cuaderno
y en cuestión de tres inviernos
te volverá a latir la piel.
De la esquizofrenia de él no nos encargamos,
ya el karma
y tu recuerdo fantasma
harán lo propio
en la época de cosecha de esperanza.
Y, ahora,
ven con nosotros,
pelo de oro,
que te vamos a inyectar
un poquito de amor propio».
Y,
colorín, colorado,
mi dignidad
ha comenzado.


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