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Carta de la hermana Mabel

Escribo estas líneas con la esperanza y el deseo de que alguien, alguna vez, conozca mi historia y las razones que me llevan a dejar mi vida y mi tierra. Y también para que quede constancia del maravilloso hallazgo que he realizado, las circunstancias que me llevaron a ello y lo importante que es para el sosiego de la cristiandad mantenerlo en secreto.

Hacía ya quince años, desde 1133, que no visitaba Londres, desde que la hermana Agnes me llevó con ella a la Abadía de Shaftesbury a la tierna edad de diez años. «Tenéis una inteligencia sublime, hermana Mabel, sois perspicaz e intuitiva. Él necesita resolver un asunto muy importante, por ello iréis a Londres y le ayudaréis. Tranquila, quedáis en buenas manos. El presbítero Thomas será vuestro protector mientras permanezcáis en Londres», me dijo la abadesa Emma. Entonces no me quedó más remedio que confiar en ella.

Cuando llegué a Londres de la mano de mi protector apenas recordaba cómo eran sus calles. El hospicio donde me dejaron al nacer, por ser la bastarda de un noble y una sirvienta, ya no existía. Para mí era difícil pasar desapercibida en aquel entonces, todo el mundo se encargaba de recordarme lo mucho que me parecía a mi desconocido padre: pelo y ojos castaños, nariz aguileña y hombros anchos. Me escapé de allí con siete años junto con mi querida Margaret, una huérfana a la que dejaron en el hospicio al igual que a mí.

Con Margaret malvivía en las calles de Londres mientras soñábamos en convertirnos en artesana una y librera la otra. Fue entonces cuando la hermana Agnes me recogió en su bendito seno junto con el resto de hermanas de Shaftesbury. Se convirtieron en mi familia y yo entré a formar parte de la congregación tomando los hábitos. Fui feliz, aunque me dolió mucho no volver a ver a mi querida Margaret.

La casa del presbítero Thomas era muy humilde y vieja, lo único que tenía de extraordinario era que contaba con dos plantas. Mi protector me guió entonces hasta la última estancia de la planta superior; allí sería donde dormiría y realizaría la tarea que me tenía encomendada y por la que abandoné la abadía.

La habitación era muy sencilla: un catre, un armario, una silla y un escritorio sobre el que reposaban una caja y útiles de escritura. La caja, de madera de roble con inscripciones y grabados en latín, tenía símbolos paganos de los antiguos celtas, forma rectangular y unos seis palmos de largo, fue lo que más llamó mi atención. Cuando le pregunté al presbítero Thomas lo que era aquella caja me dijo enigmático: «La razón por la que estáis aquí, hermana Mabel».

En ese instante oímos unos terribles sonidos provenientes de la planta inferior de la casa. Inmediatamente acudimos a ver lo que ocurría. Los sirvientes del presbítero Thomas retenían a una mujer de nariz fina, pómulos marcados, ojos de color miel y pelo negro. Cuál fue mi sorpresa al reconocer en ella a mi añorada Margaret.

Uno de los sirvientes la golpeó y le dijo a mi protector que la habían encontrado mientras intentaba robar en la casa. Yo intercedí por ella, explicándole al presbítero Thomas de quién se trataba y qué relación me unía a ella. Le supliqué que no la castigara y mi protector me concedió ese deseo, no sin antes obtener de mí la promesa de que me haría cargo de Margaret y sus actos.

Al principio el reencuentro con Margaret fue amargo. Me reprochó que la dejara en Londres y yo le recordé que ella perdió la oportunidad de acompañarme al no presentarse en el lugar donde la hermana Agnes me citó para llevarme con ella a Shaftesbury. «Yo no quería ser monja», me respondió, y también me confesó que no había conseguido convertirse en artesana, tal y como era su deseo de niña. Yo le dije que tampoco me había convertido en librera, ya que tomé los hábitos. Al final nos reconciliamos, porque el amor entre dos viejas amigas es más fuerte que los reproches.

Durante los tres días siguientes permanecimos juntas mientras yo intentaba llevar a cabo la tarea que el presbítero Thomas: averiguar qué era esa caja y qué clase de objeto albergaba en su interior. Las inscripciones en latín hablaban sobre un legendario rey, poderoso, justo, benevolente y defensor de la fe a quien pertenecía el objeto que había en su interior. Todo ello lo indagué mientras la sirvienta de mi protector no dejaba de entrar y salir de mi alcoba preguntando, con un extraño acento, si había conseguido abrir la caja.

«El presbítero Thomas se impacienta», le dije preocupada a Margaret ante la falta de resultados en la investigación. Entonces ella cogió la caja entre sus manos y la examinó por enésima vez. «He encontrado algo, una extraña hendidura», respondió Margaret mientras intentaba abrirla.

Instantes después la caja emitió un extraño chasquido y Margaret la depositó sobre el escritorio, justo delante de mí. La hendidura, que se encontraba en el lado más largo de la caja, escondía una extraña cerradura con forma de cruz. Nos faltaba la llave para poder abrir la caja y averiguar que era ese objeto tan importante que guardaba en su interior.

Margaret se percató de que la cerradura tenía la misma forma y tamaño que la cruz que colgaba de mi cuello. Sin duda el artesano que la creó la diseñó así para que se pudiera abrir con un objeto que tuviese esa forma y tamaño. Ella me pidió que le prestara mi cruz un segundo, a lo cual accedí a regañadientes. Cuando Margaret la colocó sobre la cerradura de la caja y presionó, esta se abrió por sí sola.

La tapa de la caja quedó entreabierta, del interior pareció salir entonces una extraña y leve ráfaga de aire entre místico y mágico. Con una mezcla entre temor y emoción, Margaret y yo observábamos la caja. No sabíamos si destaparla del todo, dejarla como estaba o volverla a cerrar. Habíamos conseguido, por fin, abrirla, pero ¿qué contenía aquella antigua y extraña caja? Podría ser algo peligroso, incluso mortal, o al contrario, algo totalmente inofensivo… O también podría estar vacía.

Permanecimos así, sin saber qué hacer, unos minutos, hasta que Dios me dio las fuerzas suficientes para posar mis manos en el filo de la tapa. La aferré con fuerza y respiré hondo. Margaret puso sus manos en mis hombros, dándome ánimos. Cerré los ojos un instante y al abrirlos de nuevo alcé la tapa de la caja desvelando por fin su misterioso contenido.

Nuestra sorpresa fue mayúscula, de hecho, Margaret tuvo que tapar mi boca con sus manos para acallar mis gritos mezcla de alegría y asombro. Lo que la caja contenía no era otra cosa que una flamante, brillante, primorosa y hermosísima espada con extraños adornos en dorado –probablemente mezcla de las tradiciones paganas y cristiana– y cinco palmos de largo. Era absolutamente magnífica, diferente a las espadas actuales.

En la parte interior de la tapa encontramos una vieja inscripción en una arcaica lengua que apenas conozco, creo que podría ser alguna antigua lengua pagana. Aun así logré reconocer dos palabras «Caledfwlch» y «Arthur». Entonces me percaté de lo importante del descubrimiento que acabábamos de hacer. Aquella espada era única en el mundo, en la historia del hombre. No podía concebir que yo, una humilde sierva del Señor, la estuviera sosteniendo en mis manos. El arma más buscada y ambicionada por todos los hombres poderosos que habitaban el orbe.

Yo no podía disimular mi estupefacción, el corazón me latía con tal velocidad que creía que se me saldría del pecho. Al ver mi rostro y mis ojos abiertos por la sorpresa del hallazgo, Margaret me preguntó qué era aquello que había dentro de la caja. «Es la espada del legendario rey Arturo, Excálibur», respondí con un hilo de voz.

Mi amada Margaret no fue consciente de lo difícil de la situación hasta que le expliqué quien fue Arturo Pendragón y que propiedades mágicas poseía la espada. «Aquel que porte a Excálibur será invencible. Muy pocos son dignos de llevar esta espada entre sus manos. El rey Arturo fue uno de los más grandiosos gobernantes de esta tierra, un hombre legendario», le revelé a Margaret, que entonces comprendió que aquel descubrimiento podría romper el statu quo reinante en toda la cristiandad si caía en malas manos.

El descubrimiento de la espada me produjo tal turbación que no fui capaz de comunicarle el asunto al presbítero Thomas hasta dos noches después. Para entonces, Margaret ya había sido expulsada de la casa de mi protector con el argumento de que me distraía en mi labor. Me quedé, en aquel momento, sin su estimada compañía y apoyo.

Finalmente, aquella noche aciaga, me armé de valor antes de bajar a cenar con el presbítero Thomas y tomé la firme determinación de comunicarle mi hallazgo. Mientras nos servían la cena le expliqué todos y cada uno de mis pasos hasta dar con el contenido de la misteriosa caja. «Y, decidme hermana Mabel, ¿qué guarda tan celosamente esa caja tan extraña? ¿Lo habéis averiguado?», me preguntó mi protector con fingida tranquilidad. «La legendaria espada del grandioso rey Arturo, Excalibur», respondí con cierto temor.

El presbítero Thomas se alegró enormemente por el hallazgo, incluso brindó por ello con estrepitosa algarabía. Yo, inocentemente, no pude más que preguntarle por el motivo de tal reacción, a lo que mi protector me respondió de forma confabuladora: «Con esa espada Matilde volverá a ser reina de Inglaterra. Ella me encomendó la misión de ayudarla. Por eso me hice con esa extraña caja, sabía que contenía algo poderoso, extraordinario. Ese algo ha resultado ser, finalmente, la espada del glorioso Arturo, el arma más fuerte, poderosa y divina de todas cuantas han existido nunca y un que rey jamás haya podido empuñar: Excálibur. Con ella en su poder nuestra señora Matilde será invencible y retornará al trono de Inglaterra, tal y como le pertenece por derecho, por ser hija de rey».

Mis oídos no podían dar crédito a lo que estaban escuchando. El presbítero Thomas era un intrigante, un traidor. ¿Cómo un hombre de Dios podía hacer tal cosa? No me entraba en el pensamiento. «Ella, nuestra señora, me recompensará por este enorme y grato favor, y yo os recompensaré a vos, hermana Mabel, puesto que habéis luchado en la noble causa de nuestra reina Matilde. Os ruego que guardéis la espada a buen recaudo; nadie sospecharía de vos, una cándida y bondadosa monja benedictina. En cambio a mí me vigilan a cada paso, únicamente permanezco seguro entre los muros de mi casa», me pidió mi protector con total tranquilidad, como quien le pide un pedazo de pan a su vecino.

Creí que el corazón me estallaría cuando terminé de escucharlo. Sin saber cómo, me veía envuelta en una conjura, en una conjura contra el rey Esteban. En mi cabeza no paraban de nacer preguntas sin respuestas: ¿Descubrirían la trama contra el rey? En tal caso, ¿me castigarían a mí, que he participado engañada en este asunto? ¿Estaba la abadesa Emma al tanto de este asunto?

Apenas probé bocado aquella noche y no hacía otra cosa más que rezar y pedir a Dios que me protegiera de todo mal. Mi vida corría peligro, desde el momento en que acepté esa misión y salí de Shaftesbury estaba más cerca de la muerte que de la vida. Preocupada como estaba, no dejaba de dar vueltas en mi humilde catre mientras intentaba conciliar el sueño y rogaba a Cristo y todos los santos que no me abandonaran en estas horas tan oscuras.

Me encontraba en estado de duermevela cuando una extraña y delgada sombra apareció a los pies de mi catre. Al principio me asusté, pues era una figura encapuchada a la cual confundí con un ladrón o un asesino. Pero mi corazón volvió a latir con normalidad cuando descubrí que era mi amada Margaret, que había entrado en la casa del presbítero Thomas usando sus argucias y así advertirme del peligro que corría si permanecía más tiempo allí.

Margaret me previno sobre un galés al cual vio borracho en una taberna mientras profería maldades contra un presbítero llamado Thomas. Según parece, este presbítero le había engañado para robarle una extraña y maravillosa caja de madera que pertenecía a su familia. «El galés había bebido tanto que pude sonsacarle más información. Me desveló que había dando con el paradero de la caja gracias a la ayuda de una sirvienta galesa que trabajaba en la casa del presbítero. Y añadió, entre maldiciones y blasfemias, que recuperaría esa caja aunque le fuera la vida en ello», me relató Margaret entre susurros.

No pude más que preguntarle si pudo averiguar la identidad de aquella sirvienta, a lo cual mi querida amiga me respondió: «La descripción que me dio el galés coincide con la de la sirvienta que nos traía la comida». La sangre se me heló en aquel instante. Efectivamente, la sirvienta nos espiaba, pero no lo hacía para el presbítero Thomas, sino para ese galés.

Aturdida, me senté en el catre, no sabía qué hacer. Entonces Margaret exclamó: «Debes huir, ahora». Ante mis dudas, Margaret me explicó que había urdido un plan para sacarme de Londres y después de Inglaterra. «Yo me vestiré de hombre, me he cortado el pelo para tal fin», me indicó mostrándome sus cabellos, otrora largos y negros, ahora cortados como si fuera un varón. «Tú llevarás tus hábitos. Fingiremos que soy tu hermano, que te acompaña de vuelta hasta la abadía».

«¿Y cómo saldré de Inglaterra?», pregunté angustiada. «En un barco, hacia el continente», respondió Margaret con aplomo. Le supliqué entonces que viniera conmigo, relatándole cómo me sería insoportable separarme de ella otra vez. Ella besó mis manos y mis mejillas aceptando mi súplica.  

Nos disponíamos a salir de mi alcoba cuando nos topamos con la sirvienta. La mujer intentó cortarnos el paso y amenazó con gritar: «Diré que la hermana Mabel compartía su lecho con un hombre», nos dijo al ver a Margaret con el pelo corto y vestiduras de varón. En ese momento, Margaret reaccionó rápidamente golpeándola en la cabeza y dejándola en el suelo, inconsciente.

Abandonamos la casa del presbítero Thomas cargadas con la caja y la espada. Yo corría temerosa por las calles de Londres agarrada a la mano de Margaret, la cual me tranquilizó y me explicó como algunos amigos suyos, delincuentes y comerciantes humildes de la ciudad, nos ayudarían a llegar hasta Dover. Una vez allí, zarparíamos en el primer barco que tuviera como destino el continente.

El viaje fue relativamente tranquilo, siempre alerta, pues sabíamos que tanto los secuaces enviados por el presbítero Thomas como aquel extraño galés nos perseguían. Aun así, fuimos bien acogidas en todos los lugares en los que nos deteníamos para recuperar el resuello y comer. Nadie sospechaba de nosotras, ni de que portábamos un objeto casi sagrado, legendario; tan solo éramos una monja y su hermano.

Al fin, tras largo y arduo viaje, llegamos al puerto de Dover. Allí embarcamos en el primer barco que partía hacia la costa francesa. Cuando nos estábamos acomodando en la nave y empezábamos a respirar tranquilas, unos gritos se oyeron desde la cubierta. Rápidamente, alarmadas, Margaret y yo salimos para ver lo que ocurría. Nuestra sorpresa fue mayúscula al encontrarnos con dos esbirros que el presbítero Thomas envió para perseguirnos y al galés peleándose con la tripulación.

Al reconocernos, los hombres comenzaron a increparnos y Margaret, aún vestida de varón, se encaró con ellos. Pero la tripulación, por mandato del capitán del barco, tomó definitivamente cartas en el asunto y los expulsó al pensar que eran polizones que querían viajar sin pagar y por «molestar a una sierva del Señor» según sus propias palabras.

Después de deshacernos de aquellos tres hombres horribles, Margaret y yo volvimos a nuestro camastro en el interior del barco para retomar fuerzas. Finalmente, el barco zarpó rumbo al continente, señalando una nueva vida para mi amada Margaret y yo.

Mientras termino de escribir estas líneas, ella duerme plácidamente y yo ansío con felicidad llevar a cabo la misión que Dios me ha encomendado depositando esta misteriosa caja en mis manos: proteger la más poderosa espada forjada nunca, Excálibur.

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