Cuentos/Relatos Dr. Asenjo (México) Escritores de Letras & Poesía

Edén

Bajo el sol radiante del Paraíso, sentado sobre los pastos suaves del suelo fértil, se encontraba Adán melancólico reflexionando sobre lo insoportable que era su existencia en aquel Jardín. Sus pensamientos le atormentaban con una fuerza sobrehumana, enroscándose en su alma como víboras salvajes; apretando y asfixiando con el propósito de devorarlo.

Fue un día como cualquier otro: los leones educados cortejaban a las gacelas dóciles y las plantas alegres regalaban sonrisas a los laboriosos insectos. Adán conocía claramente la causa de su constante pesar, y sabía qué era lo que tenía que hacer. Hasta ese momento, el miedo le había impedido terminar con su dolor. Pero aquel día se olvidó de sus miedos, se olvidó de Eva, y se olvidó de Dios; tomó varios materiales de la tierra y confeccionó un hacha. Acto seguido, se dirigió hacia el centro del Edén.

Terminado el camino se encontró frente al Árbol, cuyos frutos le daban una mirada seductora. Estiró el hacha en dirección al cielo. “Esta tierra es para que la guardes. De todos sus frutos podrás gozar, excepto de los del Árbol de la Ciencia”; Adán recordaba estas palabras mientras, hachazo a hachazo, destrozaba al Árbol del Pecado violentamente. Pensaba en la gracia que tendría al no ser tentado nunca más por el fruto prohibido. Nunca más el pecado habría de causarle tan terrible tormento psicológico y moral.

El Árbol se partía cada vez más conforme sus brazos columpiaban al hacha. Se produjo un estrépito, seguido por la escabullida de una serpiente horrorizada entre los escombros de lo que alguna vez fueron las ramas del fruto prohibido. Caído finalmente el malvado Árbol, Adán sintió un soplo aún más glorioso que aquel que el Padre le dio alguna vez; no era un soplo de vida que consistía en meramente conceder la existencia, sino que se trataba de un soplo de vida verdadera —un soplo de libertad.

Los cielos se nublaron. El alegre baile y cortejo de los animales y las plantas cesó de manera abrupta, y el rostro encolerizado de Dios se apareció. —¡Has manipulado a la naturaleza! Te he dicho que guardaras el Paraíso, y osaste destruir una de mis creaciones con una creación tuya—. Adán respondió en su defensa. —Eliminé al mal que me atormentaba. ¿Eso es malo? Dijiste que podíamos gozar de los buenos frutos del Jardín ¿Y no puedo gozar del fruto de la libertad?—. No convencido con sus palabras, el Padre lo echó del Paraíso.

Adán miró al abismo negro al que descendía. Para consolarse, pensó: “Si esta negrura me hace más libre, seré más feliz en ella que en el Edén”. Entonces su miedo por el abismo le abandonó a la caída.

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