Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Tintazul21 (República Dominicana)

Naranjas y girasoles

Ella tiene un don extraño. Ese que los dioses solo entregan a las almas más nobles de esta tierra, que provoca una admiración inmediata y genuina aún sin conocer el carácter que pueda esconderse tras las cortinas de docilidad y simpatía que causa la primera impresión de su presencia. Ese presente que ella presume como su mejor vestido es el de esparcir sonrisas a su alrededor.

Solo basta que sus ojos se encuentren con los tuyos para que su brillo te fulmine al instante, quemando cualquier monstruo que se haya dado la tarea de atormentarte. La vitalidad emana de su rostro risueño como la de un infante emocionado, más aún cuando despliega sus labios pintados de carmín hacia los lados, dejando al descubierto sus pequeños dientes blancos.

Puede infundirle confianza al desconocido con solo acercar sus manos al saludar, porque su energía pura destruye cualquier barrera de piedra que pueda haber creado la inseguridad humana, porque la candidez no tuvo nunca un mejor representante. Y si no fuera suficiente con el elixir de su aura, la vida le ha entregado una voz dulcísima, melodía envidiable por los ángeles presuntuosos del cristianismo. Una voz que, junto a sus facciones, su pelo anaranjado y revuelto la convierten en la musa perfecta de miles de retratos.

Sin embargo, detrás de esa habilidad tan hermosa, de su personalidad totalmente adorable, si miras más allá de lo evidente, es posible percibir sus cicatrices, de heridas que parecen de otro tiempo, de otro espacio, pero que han marcado con fiereza sus sentimientos, lo suficiente como para volverla una leona cautelosa cuando se trata del amor.

Ese amor descarado que, lejos de ser su aliado, se ha portado como ingrato ante tanta inocencia, quizás porque, sabiéndose imperfecto, débil y mediocre no podía permitirse sentir afecto y recibir desmedido desprendimiento de parte de una niña que apenas empezaba a amar. Él devolvió con manzanas podridas los girasoles que ella con gusto regalaba, pues la fragancia de las flores le confortaba, el cariño le dolía al saber que no merecía el trato que le otorgaban.

Los complicados hilos de una relación sin futuro terminaron por hartarla, pero le entregaron un par de criaturas nuevas a las que pudo entregarse sin medida desde el primer momento en que sus ojos pícaros se abrieron para explorar el mundo. Son dos hombrecitos que han podido hacerle recuperar la fe perdida y el optimismo asustado, al tiempo que ponen su mundo de cabeza mientras juegan con las naranjas en medio de la sala como si de pelotas se trataran.

Ellos enjugan sus lágrimas antes que aparezcan, la obligan a mecerse en los columpios y garabatear en las hojas sobrantes de sus apuntes de arquitectura. Ensucian su vestido con helado a cambio de un abrazo fortuito de esos que arrebatan los miedos al coco y a las arañas, convierten la casa en un berenjenal, pero nunca la abandonan, la atesoran, la llaman mamá.

Los veo a los tres caminar de la mano por las polvorientas calles de la ciudad y no puedo dejar de sentir una burbuja que les separa del resto, les coloca en un plano sublime donde su inmensa felicidad parece no descomponerse nunca, donde la risa desternillada y los “te quiero” se dan gratis con cada cambio en la manecilla del reloj y no me cabe duda que ese don ha trascendido de una generación a otra.

Un comentario

  1. De la frustración mas desgarradora, a la resurrección infinita de la incondicional madre que aun manteniéndose herida, disfruta del éxtasis de los hijos que la convierten en mas mujer que nunca. Hermosa narrativa. Un abrazo.

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