Cuentos/Relatos Dr. Asenjo (México) Escritores de Letras & Poesía

Livio

—¿¡Qué haces apuntándome!?

—Creo que sabes muy bien lo que hago. Sabes que podemos detenerlo.

—¿De qué estás hablando? ¡Déjate de tonterías!

—Yo sé por qué estás aquí: vienes a asegurarte de que todo esté en orden, ¿no es así?

—…

—¡CONTÉSTAME!

—… ¿De dónde vienes?

—Del mismo lugar que tú.

—Entonces… eres como yo, ¿verdad?

—Lo soy.

—… Las cosas deben ser así.

—¡No! ¡NO ES JUSTO! ¡Se pueden cambiar!

—No se puede eso. Es imposible.

“Quizás hoy no sea tan malo como ayer” pensó. Era raro que le tocara encarnar como una figura histórica respetable. La mayoría de las veces, le tocaba ser un monstruo: Robespierre, Shi Huangdi, y otros desalmados de diversas naciones y épocas. Y Livio sus monstruosidades tuvo que repetir.

No tenía otra opción. Llevaba ya muchos años trabajando para la CIA. La agencia confiaba en que él sería el mejor para realizar el trabajo. A Livio nunca se le explicó con detalle la razón que llevó a que se realizara este enorme proyecto de reconstrucción histórica. Alguna vez se le trató de explicar la ciencia detrás de su trabajo: fue un largo discurso sobre la desintegración de la realidad, plagado de términos y teoremas que no acababa de comprender y que no tenía mucho interés en hacerlo. Pero le molestaba el no poder decidir a qué época regresar o en el cuerpo de qué personaje. Su trabajo solamente asegurarse que nada de los hechos del pasado cambiase.

Recorrió el pasillo principal de la base subterránea, dirigiéndose a la sala donde se encontraba el aparato. Era una máquina enorme, operada por decenas de científicos y oficiales de inteligencia que se movían de un lado al otro, presionando botones, tecleando frente a pantallas, y dando y recibiendo órdenes. El estrés del entorno creaba una atmósfera tensa, como si en cualquier momento la realidad fuera a quebrarse irremediablemente.

A Livio le tocaba la parte más complicada del trabajo: tenía que sentarse en un pequeño asiento acojinado, ponerse un caso cubierto por una espesa cabellera de cables, y dormirse; para luego despertar sentado en un trono, en medio de una guerra, o en cualquier lugar y persona que fuera necesario.

Una vez en su asiento, se le acercó uno de los doctores.—¿Cómo se encuentra hoy, Mr. Livio?—dijo con la voz estoica y estéril típica de un científico ermitaño.

—Bien, doctor. Aunque espero que hoy me tenga un personaje y localización agradables para viajar—dijo el anciano Livio. —Usted sabe que no está bajo mi control ni qué, ni quién, ni dónde. La realidad se podría desintegrar en cualquier punto del pasado, y tenemos que mandarlo a donde sea necesario.— Livio despreciaba la respuesta tanto como el doctor despreciaba la pregunta.

—Bueno, ¿y a dónde me llevan esta vez?—dijo el anciano Livio, por un lado con la curiosidad de un niño, y por otro con el temor de tener que encarnar a otro tirano o maldito en algún país exótico.

—Esta vez—dijo, con un nudo en la garganta—te toca ir a Alemania.

Todo, menos la conciencia de Livio, estaba en orden. El Putsch de la cervecería había resultado como debía, y Hitler había servido los ocho meses de cárcel que la Historia había prescrito. Y Livio se lamentaba constantemente.

Según los hechos, debía encontrarse con tres de los líderes del partido nazi en la estación del tren de Múnich. Se trataba de Karl Kaufmann, Franz von Salomon, y Joseph Goebbels. Pronto darían unos discursos en una cervecería cercana.

Llegaron los tres hombres, y se saludaron de la mano. Portaban toda la investidura del partido, y los tres daban una impresión de arrogancia. En eso, Goebbels saca una pistola, y la dispara a los otros dos. Sus cadáveres caen violentamente y desangran en el suelo, dejando a la estación entintada de un rojo vivo. No había nadie alrededor.

Ahora Goebbels apuntaba la pistola en dirección a Livio —o, mejor dicho, en dirección a Hitler.

—Creo que más bien eres tú quien se equivoca.

—Si no eres Goebbels… ¿quién eres?

—Es irrelevante saber si soy tal o cual persona: soy alguien convencido de que nada de esto es necesario.

—¿Cómo sabes eso?

—Lo sé.

—¿Y qué hay del mundo que ya existe? Hay una realidad que preservar…

—Claro…siempre hay un pretexto: una realidad…—siguió una larga pausa. Livio no lograba entender lo que Goebbels proponía.

—¿Y eso es?

—Que solamente es eso…una realidad de muchas que podrían ser posibles.

—¿Qué sugieres?

—¿Te has preguntado por qué la CIA se esfuerza tanto en preservar esta realidad? ¿Nunca te dijeron que destruir esta realidad resultaría en su reemplazo por otra realidad?

—¿Cómo sabes que trabajo para la CIA? Y sí, me lo dijeron…

—Piensa, Livio… ¿Cómo fue que Estados Unidos se convirtió en la nación más poderosa del mundo? Piensa en las causas históricas.

—Pues…—Livio no supo qué contestar.

—La victoria sobre los alemanes y japoneses. Estados Unidos fue el gran ganador de la guerra: mientras que en Europa las grandes potencias sufrieron terribles deterioros, el continente americano recibió comparativamente pocos daños. La CIA no puede arriesgarse a que un hecho tan fundamental para el poderío estadounidense se vea afectado en lo más mínimo.

—¿En verdad esa es la intención de la CIA?

—Lo es…la CIA sabe que es posible un mundo mejor. Pero no quieren cambiar las cosas. Cualquier cambio histórico podría quitarles el poder.

Livio, alegando contra la hipótesis de Goebbels (mejor dicho, del otro viajero del tiempo), replicó.

—No vas a detener la guerra. Sabes que es imposible hacer eso.

—Lo sé. Pero sí detendré otras atrocidades.

Livio miró el rostro determinado de su oponente, y leyó en su expresión cuales eran sus intenciones.

—Vas a matarme ¿verdad?

—Sí. La CIA te ha engañado, y no hay nada que pueda hacer al respecto.

—Bueno…entonces dispara.

La bala atravesó su cráneo. El tirano cayó al suelo y, con él, cayó el excelente historiador.

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