Cuentos/Relatos Dr. Asenjo (México) Escritores de Letras & Poesía

Arena

Mientras realizaba su peregrinaje, después de bajarse de su camello para descansar sus piernas, el agua comenzó a percatarse de que su cuerpo se sumergía en la arena a una velocidad aterrorizante. En solamente unos segundos sus rodillas estaban bajo tierra—pronto siguió su vientre, al que le siguió su pecho, el cual fue seguido por sus hombros y su cuello. Sus ropas le habían protegido contra la evaporación causada por la luz solar, pero desafortunadamente olvidó aquel consejo que recibió hace muchos años: “siempre camina con sandalias, o anda en camello, pero nunca dejes que tus suelas toquen la arena”. Esta lección producía un ruido estridente en su conciencia, como si se tratase de un grito de desesperación constreñido por su incapacidad de hablar, que al mismo tiempo se escuchaba por todo el desierto.

“¿Es este el fin?” se preguntó “¿Desciendo a los infiernos por mi descuido? ¿En verdad merezco esto?”. Y siguió descendiendo, cada vez más lentamente, conforme el suelo bajo la arena se hacía más sólido. Los primeros metros tardaron solamente minutos. Luego fueron horas. Luego fueron años, hasta que llegó tan profundo que podía sentir lo que sucedía en la superficie. Sentía el peso de las ciudades que los nuevos pueblos construían sobre la arena, y sentía su eventual caída. Una y otra vez, el ciclo de vida y muerte se repetía encima del agua, y esta podía sentir todo su peso.

“Este debe ser el Infierno” se dijo el agua, atorada entre piedras rígidas. Durante su descenso, casi se atoró en un pozo subterráneo de petróleo inexplorado; hubiera deseado disolverse en aquella substancia y haber terminado con su agonía, pero esto no habría de ser. No tardó en perder la cordura.

Después de haber pasado eternidades en aquel suplicio, el agua comenzó a sentir un soplo fresco de aire. “¡Aire! ¡Aire!” gritó extasiada el agua. Comenzó a agitar su líquido cuerpo, sacando las patas primero y siguiéndose con la cintura. Luego, apoyándose de su cadera, logró sacar los brazos, y con ellos sacó el resto de su cuerpo. Tuvo su primer respiro desde que se hundió hace ya tantos años.

Con mucha dificultad, balanceó su cuerpo hasta estar erguida. “Un suelo que me permite salir, pero no permite que me hunda de vuelta…”. Entretuvo esta idea por unos segundos, hasta que llegó a una conclusión. “Este lugar debe ser mágico.” Se dijo. “No puede tratarse del Infierno, pues en el Infierno se sufre. En cambio aquí tengo aire para respirar y, además, suelo estable sobre el cual pararme derecho”. Respiraba con velocidad, llenando sus pulmones hasta casi reventarlos. “Este debe ser el Cielo”.

El sol desprendía la misma luz que la del desierto donde creció, pero no le evaporaba. El suelo era igualmente del color dorado de la arena, pero no sufría sumergirse al pisarlo. El cielo era de un azul intenso, con nubes blancas que jamás desaparecían.

A lo lejos, el agua logró vislumbrar un pequeño oasis. Ahí veía a hombres y mujeres de su pueblo bailando desnudos, mientras bebían vino, festejaban, y se deleitaban en los placeres de la vida.

El entusiasmo por alcanzarlos en el festejo revitalizó sus piernas, haciéndole recuperar la fuerza que perdió en su tiempo sumergido. Conforme se acercaba, logró ver a una de las mujeres del oasis: joven, de gestos dulces, daba todas las señales de virginidad y pureza, recubiertas por una inmensa belleza física. Veía los gestos con los que ella le respondía su mirada—ella lo invitaba a beber y celebrar. El agua corrió con toda la fuerza que podía, dejando caer violentamente sus pies con cada paso que daba.

Y siguió corriendo… y siguió… y siguió. El oasis no parecía acercarse en lo absoluto. Pasó, pues, unos pocos miles de años corriendo detrás de un espejismo, con la sola mirada seductora de la joven como motivo para seguir su persecución, hasta que incluso esta ya no parecía real, y las bellas nubes que, sin tapar el sol, siempre daban la esperanza de lluvia, parecían pintadas sobre un lienzo viejo y sucio, cuya mugre hacía que su azul intenso se perdiera entre capas de polvo. El suelo  de arena dorada parecía hecho de cartón. Dirigió los ojos hacia los lados, pero no había nada que mirar.

Vivía en un espejismo, pero tardó demasiado en darse cuenta. Exhausto y decepcionado, se dejó caer sobre el suelo con la esperanza de ser succionado de nuevo. “A lo mejor esta vez sí doy con el lodo negro” se dijo.

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